Opinión – “El reconocimiento del martirio de Carlos, Gabriel, Wenceslao y Angelelli marca un paso Cualitativo en nuestra Iglesia”

Martires

El reconocimiento del martirio de los padres Carlos y Gabriel, del Laico campesino Wenceslao Pedernera y de Monseñor Angelelli, por parte del Obispo de Roma, el Papa Francisco, marca un paso Cualitativo en nuestra Iglesia, a veces tan lenta para asimilar la presencia de Dios, en ésta historia, intensa, contradictoria y apasionante. Padre Marcos Aguirre

Me parece que esa cualidad, es asumir y confirmar, una santidad militante en la lucha de los pueblos por su liberación y la instauración de la justicia social como semilla y brote de evangelio y de reino.

Los cuatro abrazaron esa causa, desde convicciones personales y en el camino comunitario y colectivo de un pueblo, sintiendo allí, el paso del Dios de la vida.

Gabriel, desde su inspiración misionera, dejando la Europa aburguesada para encarnarse entre los pobres de la América profunda y rebelde.
Con la sencillez de Pastor y el compañerismo evangélico, que lo llenó de tierra llanista, en los pagos de Chamical, en la provincia de La Rioja.
Su prédica fue de ” pocas palabras” como lo es, el amor de los pobres. Cada puesto y cada rancho supieron de su abrazo.
Su alma tierna, supo expresarse en pinturas que gritaban contemplación y compromiso.

Fray Carlos, fue como un “zonda”, de rebelión y profecía. Sus casi treinta años, eran un fuego franciscano, a contramano de la ambición capitalista y el autoritarismo dictatorial, lleno de la energía del amor revolucionario por el reino. Lo manifiestan, sus homilías vibrantes que interpelaban y molestaban a los enceguecidos por el poder y a los indiferentes.
Como Gabriel, el andar tras Jesús le forjó alma de artista, para empuñar la guitarra, cantar, y hacerse amigo de los jóvenes y sus búsquedas.

Wenceslao, el “Wesen”, era olor de surco y calor de familia. Se vino con su mujer y sus pequeñas niñas, a compartir el sueño de la tierra sin males, alentando trabajo, conciencia y cooperativas.
Hombre de Fé, con su Coca, su compañera, de hierro y fortaleza.
Acunaron juntos, y con otrxs, su esperanza de producir solidariamente, combatiendo el egoísmo y el individualismo del reino de los grandes y los fuertes.
Su sencillez era un rosario de silencios y de luchas.

Monseñor Enrique, “Pastor de tierra adentro”, prototipo “con olor a oveja”, al lindo decir de Francisco, profeta de los vientos libertarios, abriendo caminos, alentando sanas insolencias, contemplando el alma del pobre y anunciando la caricia del reino,”con un oído en el pueblo y otro en el evangelio”, bien “metido en el barro” de los que nada tienen, acompañando fraternalmente, la organización de los despojados. No le tembló la voz. Tampoco el miedo pudo con su vocación de grito y de abrazo.

A los cuatro los mataron en la huella de Jesús y su reino.

Por eso los cuatro viven, en el palpitar inquieto del Pueblo que no se resigna a la injusticia y la muerte y se abraza “tercamente” a la vida.

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