Evita 100 Años – Campeón del amor

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Por Pablo Ramos – Mi padre tendría ocho o nueve años cuando, para la semana de reyes del año 50 o del 51, una caravana presidida por Eva Perón se detuvo en la esquina de Av. Mitre y Salta, justo debajo del viaducto de Sarandí.

Cualquier persona que provenga de una familia de trabajadores, y recuerde sus sentimientos de niño, sabe cuál es el juguete más preciado y más difícil de meter en los zapatos de los reyes obreros, por más pastito y agua que se les ponga. Ese juguete es la bicicleta. Me contó mi padre que, abriéndose paso entre la multitud de piernas y los niños alzados que trataban de llegar al camión de bomberos acondicionado especialmente para Evita, repetía una frase como un rezo: “una bicicleta, señora, una bicicleta”. Al ver que se le hacía imposible llegar, y ante el miedo de que la caravana se pusiera en movimiento nuevamente, mi padre empezó a agitar las manos. Y ella, que había nacido para mirar lo que pocos quieren ver, lo señaló a él, a mi padre.

–Sentí, a mí me señaló, ¿entendés?

Claro que lo entendí. Como Caruso señaló a Fitzcarraldo, en la película Fitzcarraldo. Y aunque no se lo dije a mi papá, ahora se lo digo a ustedes: él habrá sentido lo mismo. Y fue entonces que bajó un muchacho (un ropero, dijo mi padre), uno de esos de la CGT que siempre la acompañaban a ella, lo alzó y lo llevó al encuentro del hada de los pobres.

–Una bicicleta, señora –dijo mi padre–. Para mí y para mis hermanos.

Ella lo miró con ternura. Y lo que me contó mi padre, que no puedo reproducir porque tal vez no sea lo suficientemente escritor para hacerlo, es la diferencia entre esa ternura y la lástima. La exacta diferencia existe entre sentir al otro ajeno o al otro propio. Y acá entra el poema: “Me: We” fue lo que dijo Muhammad Ali en esa universidad blanca del sur de los Estados Unidos. Pero Evita se había quedado sin bicicletas. Y se lo dijo al niño que era mi padre, a la vez que levantó en sus manos un par de patines nuevos.

–No me quedan más bicicletas, negrito –le dijo–. Salime campeón con esto.

Lo impresionante de la historia es que mi papá, que nunca había soñado en andar en patines, salió campeón en los torneos Evita de ese mismo año, seis meses después de esa caravana y de ese deseo casi cumplido. Y ganó la medalla que encontré este fin de año y que es la foto que aquí les mando. Tiempo después, unos años antes de que mi padre muriera, cuando me contó esta historia, le pregunté cómo es que en tan poco tiempo había aprendido a patinar y había salido campeón. Mi padre respondió algo que, creo yo, era la esencia de su peronismo.

–No sé. Me lo había pedido ella.

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