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«Al respecto del «notición» de hoy se desovillan alegrías, enojos, odios, pésimas comparaciones sacadas del contexto histórico y lindezas varias». Por Estela Pereyra

Los kirchneristas festejan, se emocionan hasta las lágrimas y declaran que militarán la fórmula «para echar al gato» a como dé lugar. La izquierda apela, en su mayoría, a un gorilismo irreconciliable con las masas populares que también pertenecen a nuestra clase y son tan explotadas como cualquier explotado.

Cabe hacerse una serie de preguntas en serio para entender la realidad. El peronismo tiene historia de sacar de la galera una fórmula y encolumnar a todos sus seguidores detrás de ella, tal como sucedió cuando Duhalde convocó a Néstor Kirchner. Era lógico, por ende, que buscaría la más potable que le diera la oportunidad de tener chances de ganar las próximas elecciones. Massa, Urtubey, Solá, Lavagna nunca fueron una opción, ninguno podía contar con los votos propios de Cristina Fernández de Kirchner. Massa es un pusilánime que no arrastra ni a su mamá; Urtubey es demasiado oligarca (podríamos sacarle el oli); Solá tiene sobre su espalda no sólo una deuda social con los asesinatos de Kosteki y Santillán, sino con el glifosato y su correspondiente genocidio y envenenamiento a la gente del campo y Lavagna es un viejo que da, a lo sumo, para ministro de algo pero no para presidente. No es necesario ser muy avezados analistas para saber que ninguno podría arrebatarle a Cristina su piso propio de votantes y que cualquier opción peronista debería contar con el peso de su presencia para pretender ganar las elecciones. Es más, ningún otro peronista cuenta con ese piso propio, por lo cual y pese a todas las gambetas que intentaron, no la pudieron correr del escenario político por más que lo desearan fervientemente.

El peronismo, como buena organización policlasista, ha sabido cosechar por izquierda y por derecha a lo largo de su historia y cuando la izquierda se le desmadró, la liquidó, mal que les pese a algunos… Los hechos de la historia, los juicios a los genocidas, a la CNU o miembros de la Triple A y demás dejan al descubierto que así fue, aunque duela y sangre como herida eterna.

El contexto histórico no es el del 73 que contaba con un auge de masas muy importante, con organizaciones revolucionarias armadas y con una generación que tenía como opción el socialismo hasta la muerte. El contexto de hoy es el de un capitalismo en decadencia y en crisis, con una creciente pérdida de hegemonía del país gendarme del mundo y con todas las instituciones burguesas puestas en tela de juicio por los pueblos. La payasada de un Guaidó en Venezuela, las barbaridades cometidas a diario por los yanquis en Medio Oriente, el cuestionamiento a un Macron o una Theresa May en Europa son sólo algunos de los exponentes de la crisis de legitimidad que acompaña a esta etapa de capitalismo global, capitalismo financiero en crisis de súper producción. Y Argentina, que no vive en una burbuja, tiene lo propio con este gobierno que ha venido a arrasar con puestos de trabajo, salarios, haberes jubilatorios, pensiones por discapacidad, pequeñas y medianas empresas, presupuestos para salud y educación, que ha multiplicado la pobreza hasta la desesperación y que ha hecho alarde de un odio exacerbado a todo lo que tenga tufillo a pobre, a popular y a explotado porque, para ellos, somos todos la misma cosa y les importa un pito si somos negros peronistas o zurdos sin remedio.

Se suma a este panorama la escasez de credibilidad de la mayoría de los candidatos burgueses y la incapacidad de la izquierda de crear una opción creíble, secundable, confiable. Lejos de apuntar el dedo hacia lo que hace el peronismo, deberíamos cuestionarnos a nosotros, los de la heterogénea izquierda, qué nos ha pasado que hemos abonado a la dispersión del campo popular y no hemos sido capaces de crear conciencia de clase, de construir confianza en nuestras propuestas, de ser creíbles, de abandonar el sectarismo de una buena vez, de dejar de auto titularnos «revolucionarios» y hacernos cargo de que dicho mote nos queda demasiado holgado porque no hemos hecho ninguna revolución y no habla de nosotros, sino de nuestros deseos, no describe nuestras prácticas, sino nuestras aspiraciones. La verdad es que nuestras prácticas sectarias, soberbias, mezquinas e incoherentes no sólo están reñidas con el “ser revolucionario”, sino que reciben el pago que merecen: no confían en nosotros y debemos ser honestos haciéndonos cargo de la parte que nos toca.

Criticar el pasado de Alberto Fernández, recordar su periplo al lado de cuestionados funcionarios peronistas que criticamos (paradojalmente como muchos peronistas que detestan a Menem y Cavallo, por ejemplo) sólo habla de nuestras impotencias, de nuestra discapacidad para generar una alternativa contenedora para el campo popular. ¿Acaso esperamos que las masas nos sigan con esta manera de «persuadir» que tenemos? Es un verdadero absurdo cuando es de público conocimiento cómo se están matando por las redes sociales los miembros de una organización de izquierda que integran un frente o cuando nos matamos entre nosotros por un lugar en una columna para una marcha. De fraternales tenemos poco para mostrar y dar ejemplo. Las masas serían suicidas si se encolumnaran detrás de la bolsa de gatos que somos. Es penoso, pero también es nuestra responsabilidad.

Cuando tengamos una oferta creíble, cuando seamos menos mezquinos y más generosos, menos personalistas y más colectivos, cuando podamos poner en primer lugar nuestros intereses como clase por encima de nuestros sellos, quizás estemos a la altura de las circunstancias. Hoy no lo estamos, ésa y no otra es la verdad. Ojalá aprendamos de todos estos años de frustración, ojalá miremos para atrás con un sentido más constructivo hacia el futuro y se nos estampe en la frente aquella imagen de Tosco y Atilio López juntos, ya que tanto se los reivindica pero tan poco se los imita. Mientras tanto, mis queridos, agua y ajo.

Estela Pereyra, Escritora –  Compañera del  ex preso político Carlos Ponce De León