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Para eso estos días en los que sobrevuela la memoria de un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, desde Historia y Presente te compartimos un fragmento  de “La revolución es un Sueño Eterno” del escritor   Andrés Rivera.  Se trata de un  breve  y cuidadoso  rescate de la obra y el autor. Un dialogo muy especial,  entre Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo,  surgido de la genialidad  de un autor que  buceó en lo más profundo de la identidad de quienes,  desde el principio de este lio,  nunca arriaron las banderas de la revolución, ese sueño que aún nos interpela.

La revolución es un sueño eterno (capitulo X), 1987 –  Andrés Rivera

 

Jugué P4R. Monteagudo jugó P4R. Jugué C3AR. El ajedrez, dijo Monteagudo, al mover su caballo, es un juego feudal. Oh, escribí en una hoja de papel. Escribí: Sírvale, Ángela, por favor, café al amigo Monteagudo. Y a mí, tráigame arroz con leche.

A5C. Monteagudo movió C3A, jugada cauta para un temperamento como el suyo, receloso y arrebatado. Noté que la fatiga lo abstraía a Monteagudo. Tomo su café y me leyó un artículo que firmo en La Gaceta.

El articulo reprocha a la Primera Junta y a uno de sus principales corifeos (elipsis que se presume elegante y que la prensa adopto para señalar a Moreno) no haber equilibrado ardor con madurez y sustituir designios de conciliación con las provincias por un plan de conquista. ¿Conciliación con quien, pensé, algo distraído, sin proponerme la distracción y el desencanto, quizás ya alojados en mi, por lo que escuchaba, mientras Monteagudo leía? ¿Con los dueños de estancias pobladas por diez, veinte, treinta mil cabezas de ganado, que solo aceptan, como bueno, que llueva, que las tierras de pastoreo no se les inunden, que el sol salga, y se ponga, y que sus impuestos no sobrepasen el valor de dos, tres, o cuatro novillos, haya guerra o no, haya rey o no? ¿Con los paisanos que viven de la caza de la vaca, la caza más salvaje y menos riesgosa que nadie, en la tierra, haya imaginado? ¿Con los que sacan de arcas y bolsas de cuero recocido, monedas de plata y oro, ante la mirada estupefacta de los esclavos, y las ponen a secar al sol, para que el moho y la humedad no las ennegrezcan, montañas tintineantes de monedas que sus abuelos y sus padres juntaron para borrar un pasado de porquerizos en la España de Isabel La Católica? ¿Conciliación con las provincias, que no son nada sin sus propietarios, o con sus propietarios?

(…)

Monteagudo me pregunto qué opinaba del artículo. Jugué P3D. Y escribí: ¿Qué opina la policía de su artículo? No me interesa la opinión de la policía, dijo Monteagudo, si es que se a quien se refiere. Y jugó P3D. Escribí oh. ¿Qué me quiere decir con ese oh? Y, por fin, Monteagudo sonrió. Es un hermoso muchacho cuando sonríe; lo vi sonreír muy pocas veces: esta es una de ellas. ¿Mas café?, escribí. No deseaba que se marchase, a pesar de su fatiga, de su desgano, de ese núcleo de hielo que guía sus actos, y que sus imprevistos arrebatos esconden, y que yo no alcanzare a develar.

Pase un buen día: la boca no me dolió. ¿Para qué privarme de la compañía de Monteagudo, que es uno de los nuestros- el único tal vez- que golpea la puerta de esta pieza (…)? ¿Para qué escribí, entonces, que ardor y madurez se contradicen, y que la madurez crece cuando el ardor aprende? Escribí: Somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicadores en el desierto. No hay nada detrás de nosotros, nada, debajo de nosotros, que nos sostenga. Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso. Aun así, elijamos las palabras que el desierto recibirá: no hay revolución sin revolucionarios. Jugué P3A.

(…)

 

Sobre “La revolución es un sueño eterno”

 

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Los turbulentos días de mayo de 1810 han quedado lejos. Tras ser uno de los representantes de la Primera Junta y el gran orador de la revolución, Juan José Castelli está confinado en su casa, derrotado como hombre político y consumido por una enfermedad que lo llevara a la muerte (…).

Dice Rivera en una entrevista: «La carrera política de Castelli fue brevísima, duro apenas seis años, desde las Invasiones Inglesas en 1806 hasta 1812, en que es confinado en su casa luego de haber sido el representante de la primera junta en los ejércitos que marcharon al Alto Peru» El autor explica porque se siente tan cerca de Castelli:» Porque imagine que el debió padecer, sufrir, y gozar aun, como aquellos que se propusieron cambiarle la cara y cuerpo a nuestro país, sin éxito o sin alcanzar la victoria».

Sobre Andrés Rivera

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Marcos Ribak,​ más conocido como Andrés Rivera (Buenos Aires, 12 de diciembre de 19281​-Córdoba, 23 de diciembre de 2016,  fue un escritor y periodista argentino.

Hijo de inmigrantes obreros, nació en el barrio porteño de Villa Crespo. Su madre, Zulema Schatz, llegó a la Argentina desde Proskurov (hoy Jmelnitsky, Ucrania) huyendo de la guerra, y su padre, Moisés Rybak, desde Polonia, donde era un comunista perseguido; en Buenos Aires llegó a ser dirigente del gremio del vestido. ​

Rivera fue obrero textil (trabajó desde muy joven como tejedor de seda en una fábrica de Villa Lynch), antes de dedicarse al periodismo y la literatura. Participó en el movimiento obrero argentino y, como su padre, militó en el Partido Comunista (PC).

Trabajó en la redacción de la revista Plática (1953-1957) y debutó en la ficción con la novela “El precio” (1956), muy cercana a la estética del realismo social, al igual que la siguiente, “Los que no mueren”, y tres libros de cuentos,” Sol de sábado”, “Cita” y “El yugo y la marcha”.

En 1964 Rivera fue expulsado del PC y su visión del mundo experimentó una transformación, que se reflejó en su obra. Como señala en la Revista Ñ Jorgelina Núñez: «El cambio de perspectiva procede de la constatación de una derrota —tema que recorrerá de manera insistente todos sus libros posteriores—, fundada en la certeza de que la sociedad no se halla a las puertas de la revolución y que el aire equívoco de revuelta que se respira en aquellos años empieza a percibir los primeros signos de su fracaso más rotundo y definitivo».

Este punto de inflexión lo marca su libro de relatos “Ajuste de cuentas”, aparecido en 1972, al que seguirá un silencio de 10 años: en 1982 publica el volumen de cuentos Una lectura de la historia y la novela Nada que perder. Dos años después aparece “En esta dulce tierra”, con la que obtendrá su primer premio, al que posteriormente le seguirán importantes distinciones entre las que cabe destacar el Nacional de Literatura y el Konex.

Desde 1995 vivió en el barrio de Bella Vista, levantado por obreros y desocupados en la ciudad de Córdoba, cerca de la Biblioteca Popular gestionada por su esposa, Susana Fiorito. Murió la  madrugada del 23 de diciembre de 2016,  a los 88 años en esa misma Ciudad.