Crónica de la visita de Cristina a Rosario – Por Marcelo Figueras

CFK Rosario

“El corazón de Rosario humea. A la vera del río, a metros del Monumento a la Bandera, abundan los chiringuitos donde se asan patys, panchos y choris a cuatro manos. Son las tres de la tarde y el lugar está copado por familias que, haraganeando durante el feriado, se permiten comer tarde. El clima también colabora. Como todo lo demás en este país, parece haberse politizado: se encapotó y llovió cuando Micky Vainilla sinceró su pertenencia al otro bando…” Por Marcelo Figueras para El Cohete a la Luna

El corazón de Rosario humea. A la vera del río, a metros del Monumento a la Bandera, abundan los chiringuitos donde se asan patys, panchos y choris a cuatro manos. Son las tres de la tarde y el lugar está copado por familias que, haraganeando durante el feriado, se permiten comer tarde. El clima también colabora. Como todo lo demás en este país, parece haberse politizado: se encapotó y llovió cuando Micky Vainilla sinceró su pertenencia al otro bando y recién se despejó cuando Massa aceptó ser diputado, pero hoy está soleado y amable. Para la pequeña comitiva que llega a la ciudad a esa hora sin haber almorzado, el perfume parrillero (no será Chanel, pero bien podría llamarse Chinchu No. 5) hiere como puñalada. Por suerte está el Monumento, que impulsa a nuestros pensamientos a elevarse por encima de la humareda.

«Qué belleza», dice Ana Laura Pérez, que está allí representando a la editorial que publicó Sinceramente. El chofer del auto que nos llevó hasta Rosario se llama Oscar y es discreto por demás, pero en ese instante abre la boca para coincidir. Yo me digo que no sé nada sobre el Monumento, o que he olvidado lo que sabía (por ejemplo, que en esa barranca del Paraná estaba la batería de combate Libertad y que Belgrano izó allí la primera bandera), y me pregunto si en efecto es bello o tan sólo lo parece porque transmite dignidad y en estos tiempos la dignidad se ha vuelto algo tan raro como una perla negra.

Durante el viaje, a través de los celulares recibimos data sobre el extraño incidente que algunos tomaron por un acto oficial. Fotos de un hombre gris con la mandíbula tensa y el puño crispado, rodeado por niños que buscaban con la mirada la salida más próxima o la guía de algún adulto que, a diferencia de aquel que empuñaba el micrófono como puñal, pareciese conectado con la realidad. Ya en Rosario, alguien nos contaría que el Hombre Que Se Parecía A Macri había permanecido allí apenas una hora: llegó, se desplazó a aquel club de barrio, dio un discurso que no alcanzó a los diez minutos y se tomó el olivo. Todo muy turbio, pero al menos algo se recorta sobre lo ocurrido: estoy muy seguro de que ningún otro Presidente o Presidenta dio nunca un discurso allí en el Día de la Bandera —porque hoy es, en efecto, 20 de junio— que incluyese la frase la incidencia del transporte en el limón.

«Non voglio più parlare con te!»

Mi aspiración es llegar al hotel, pegarme una ducha y cambiarme. Pero me preocupa el hecho de que no pude hablar con Cristina de la presentación que nos espera. Quiero cambiar varias cosas respecto del esquema al que apelamos en Santiago, y necesito que lo sepa. Mariano, su secretario, pide que vayamos a su hotel. Entonces desviamos el rumbo —nunca pisaré la habitación del Savoy que la editorial había reservado— y nos vamos al Ros Tower.

Allí nos vemos superados por la cantidad de visitantes ilustres que quieren saludar a Cristina. Esperamos en el lobby del hotel mientras se nos viene encima la hora de partir rumbo al Salón Metropolitano. Llegado el momento, no me queda otra que —chau ducha— cambiarme en el baño del lobby. Estoy en medio del asunto cuando entra un urso calvo de bigotito retorcido, con aire a guardiacárcel de Expreso de medianoche. Pido disculpas por el strip-tease que estoy practicando junto a los lavatorios y me responde en inglés, lo cual me tranquiliza: el incidente no se difundirá fronteras adentro. No pudo evitar reírme de mí mismo. No será la última vez en el día.

Partimos hacia el Metropolitano con Oscar Parrilli y el Topo Devoto, que se alternan contando anécdotas de Néstor. Néstor eludiendo a su propia custodia escondido en el asiento trasero del auto del Topo, siendo confundido con Tristán en una estación de servicio. Néstor despistando a las motos de otra custodia y sumiendo en el pánico al gobernador de la provincia que lo albergaba oficialmente.

No sé dónde queda el Salón, pero es fácil darse cuenta de que estamos cerca. El Metropolitano tiene que ser ese lugar cercado por gente que canta y brama.

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Ella llega al fin. En la antesala del Metropolitano la saludan personalidades de la política: el Chivo Rossi, la vicegobernadora electa Alejandra Rodenas y Roberto Sukerman —que arañó la intendencia de Rosario y se quedó corto por apenas ocho mil votos—, entre otros. Viste ropa informal: camisa blanca, chaleco largo celeste, escarapela, un pantalón oscuro con guardas a los costados y botas de taco alto. Se la ve de buen humor. La escucho contar la anécdota que al otro día repetirá en la radio Pablo Javkin, el intendente electo: que Javkin había pasado por el Ros Tower con su hija para saludar a un conocido, y terminaron presentándoselos. Pesco la historia por la mitad, pero dice algo así: que Cristina le preguntó a la nena qué quería ser ella, ahora que su papá era intendente, y que la nena le respondió como quien se ve obligado a subrayar lo obvio.

—Y qué voy a ser. ¡La hija del intendente!

Cristina se ríe del desparpajo de la nena, pero ante todo de sí misma. Entonces me ve a la distancia y se excusa para saludarme, anunciándome como su co-equiper.

Hablamos dos minutos, sentados en un sillón. Lo primero que pregunta, con la expresión de alguien que no sale de su asombro, es si vi el acto matinal del Hombre Que Se Parecía A Macri. Le digo qué es lo que pienso hacer, que mi intención —dado el lugar y la fecha— es arrancar hablando de Belgrano. Aprueba el planteo sin pedir detalles. Eso me envalentona, siento que cuento con su confianza.

Pronto nos arrean hasta un flanco del escenario. Lo único que nos separa de la multitud son unos cortinados. Al llegar, lo primero que hice fue ir hasta allí y asomar la cabeza, con la intención de medir al público. He visto y formado parte de miles de muchedumbres durante décadas: en conciertos, convenciones, conferencias de prensa, actos políticos, y me consta que en casos excepcionales la atmósfera se carga de una electricidad casi palpable. Este era uno de esos casos. La gente vibraba de anticipación. Ahora, al pie de las escaleras, la locutora anuncia el inicio de la presentación y el público ruge. Tal vez bajo el influjo del documental sobre Muhammad Ali que vi días atrás —Cuál es mi nombre, se llama—, le encuentro al instante un regusto a espectáculo pugilístico.

Mientras la locutora nos presenta y la gente la aclama, Cristina me habla de su admiración por Belgrano, que fundamenta, y me dice que de haber vivido en su tiempo habría sido, o al menos le hubiese gustado, ser su amante. Me río porque me parece una idea picante, que se permite decir en medio de ese escándalo a sabiendas de que nadie más la oirá. Pero poco después, a minutos de iniciada la presentación, la repite a través del micrófono sin ningún prurito, y hasta divertida por la idea de que los medios titulen Cristina quiso ser la amante de Belgrano.

Cuando la escucho decirlo delante de la gente, me convenzo de que la presentación va a ser inolvidable.

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Durante el Himno, por el rabillo del ojo, la veo sacudirse al ritmo de la versión interpretada por Charly. Nunca se me ocurrió bailar el Himno, uno baila tan sólo las músicas que impulsan al goce.

Me pregunto si no hay, allí, una clave que explicaría muchas cosas.

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Cristina está desatada. Es un huracán: tierna, reflexiva, ocurrente, filosa, divertida. Le pregunto algo totalmente fuera de programa: si la vocación política ya existía antes de meterse a estudiar Derecho. Responde que sí sin dudarlo y habla de aquella época tan especial, a mediados de los ’70 —tan lejana en muchos aspectos y tan similar a esta en otros—, que la impulsó a emprender el camino que la llevaría de ser la hija del colectivero a convertirse además en Cristina. Cuando me propuso que la acompañase en las presentaciones, acordamos que recorreríamos los capítulos del libro y que yo le proporcionaría pies —le tiraría centros— para que a partir de ellos se explayase. De forma puramente instintiva, esto se está pareciendo cada vez más a una entrevista y por eso mejora. Ari Lijalad me recordará después que a Cristina se la considera una entrevistada difícil, áspera, que nunca baja la guardia. Lo cual es verdad, pero esta es otra Cristina — sinceramente.

Vuelvo a pensar que el libro es la expresión física de un clic interior. Que —imagino— está apenas comenzando. Le tiro que dentro de Sinceramente hay por lo menos otro libro pugnando por salir, que es el de su historia con Néstor. Y le recuerdo lo que ella misma escribió:

El amor es tener ganas de estar con el otro. Para escucharlo, para hablar, para lo que sea. A mí me encantaba estar con él y a él conmigo. Siempre me decía: «De lo único que nunca me aburrí fue de vos».

Néstor como autor del mejor piropo del mundo. Aun cuando la forma parece haber caído en el descrédito, ese piropo gambetea a todxs lxs defensorxs de la corrección política y marca el tanto del campeonato.

Me reta («la idea no era hacerme llorar») pero no se amilana. Parece haber saltado a otra etapa del duelo. Donde antes había sólo pena, ahora existe también el placer agridulce que destila la evocación del recuerdo compartido. Un proceso que el libro retrata en tiempo real, por ejemplo en la página 45:.

(Néstor era) El tipo más compañero y menos machista que conocí en mi vida… No, me corrijo, no era machista en absoluto.

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Estas son algunas de las cosas que van cayendo de su boca, como quien no quiere la cosa.

«A los próceres como Belgrano y San Martín hay que recordarlos no en el día de su muerte, sino en su apogeo… Creo que hay que recordarlos como hombres y mujeres de carne y hueso, porque si fuesen Superman haciendo cosas de Superman, no tendrían mérito alguno».

«Las cosas que yo cuento en el libro no sólo me pasaron a mí… Es un ejercicio personal pero también colectivo, yo creo que recoge lo que nos pasó a todos los argentinos: a los que estaban acá junto a nosotros, a los que discordaban con nosotros, a los indiferentes, que también los hay… El testimonio es importante en tanto y en cuanto no sea sólo un ejercicio personal sino que ayude al conjunto».

«Néstor era profunda, sinceramente popular. Descreía de todo carejate. No le importaban gustos que yo siempre tuve, siendo más clasemediera y prejuiciosa que él… ‘Yo al Colón no voy, no se los voy a pisar’, decía… Es lo que pasó también en su desencuentro con Bergoglio. ‘El símbolo del poder político está acá, tiene que venir él a la Rosada. …(Porque) Acá reside el poder popular decidido por la ciudadanía’, porfiaba. Era uno de esos personajes que en la Historia rara vez se repite».

«¿A quién se le ocurrió firmar con el Fondo Monetario un 20 de junio? ¿Lo habrán hecho a propósito? …A lo mejor entienden la Patria de otra manera».

«Hoy mismo, 20 de junio acá en Rosario, ¿no había otro tema que tratar, era necesario insultar y agraviar a un gremialista en un colegio rodeado de chiquitos?»

«Esto funciona a partir de sentimientos tan viejos como la humanidad: el amor, el odio, la envidia. Para dividir, para horadar, para hacerle creer a los pobres que lo que les falta es porque se los sacaron otros pobres. …Pero en esta ocasión han ido demasiado lejos. Nada bueno puede surgir de una Argentina del odio. Por eso rescato mucho la experiencia del Bicentenario. El espíritu de la unidad debe volver».

«Siempre decían que a mí me manejaba este o el otro, o que era yo la que los manejaba… Le buscan la quinta pata al gato. Pero siempre a los gobiernos populares, claro. No veo ninguna construcción que diga que a este gobierno lo manejan los empresarios, el Fondo Monetario… Todos esos que escriben cosas sobre nosotros y las seguirán escribiendo —bienvenida sea la libertad de prensa—, cuesta cree que sea en ejercicio del periodismo… A este Presidente, ¿nadie le va a decir que lo maneja Christine Lagarde?»

«A algunas mujeres las tratan como hadas virginales. Qué suerte que tienen esas mujeres, que no se meten con ellas… A lo mejor son hadas virginales en serio. Mirá, para hacerla corta: si vos defendés al pueblo, te matan. No te lo perdonan nunca».

«Quédense tranquilos, porque una vicepresidenta no habla por cadenas nacionales».

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En algún momento me desdoblo y consigo apreciar lo que está pasando ahí mismo, durante el instante en que pasa. Lo que Cristina está haciendo a través de las presentaciones de Sinceramente es —en los términos más objetivos, por lo fuera de lo común— extraordinario. La lideresa política más importante de nuestro siglo (el término es el correcto: si hasta la Real Academia, que no puede ser más machirula, lo acepta, hay que tomarlo y seguir corriendo) está borrando los límites entre lo público y lo privado y mostrándose por primera vez tal cual es. Alguien dirá que mucha gente famosa se ha permitido entrar en una fase confesional. Pero, tratándose de Cristina, el gesto tiene una dimensión política que tal vez no se aprecie a simple vista.

Esa Cristina que se corrige a sí misma en mitad de una frase, que admite que su verdadero yo sólo tiene lugar cuando está pintada como una puerta («cual momia egipcia», dice esta vez), que se reconoce clasemediera —y todos los que lo somos sabemos que el producto Clase Media viene de fábrica con un ingrediente de arbitrariedad—, es la Cristina más asequible, más cercana que hemos conocido. (¿La más compañera?) Y al mostrarse en su imperfecta humanidad —warts and all, se dice afuera: con verrugas y todo—, lo que está haciendo es expresar del modo más gráfico posible la diferencia entre dos proyectos políticos. Los que estamos del lado del pueblo somos esto: generosos y metepatas, lúcidos pero plagados de dudas, llenos de moretones y aun así divertidos; hedonistas, sí, pero esos que nunca gozan más que cuando gozan en compañía de otros.

Los del otro lado, en cambio, no pueden mostrarse humanos ni siquiera cuando tratan de hacerlo porque no les sale, no saben cómo hacerlo. Irónicamente, parecen víctimas de una condena de los dioses: como expresan un proyecto que es en efecto inhumano —basado en la exclusión de las mayorías, en su hambre, en su dolor, en su represión, en la censura a sus pensamientos—, no pueden aparecer en público sino como lo que son: Terminators políticos a los que podés aplastar con argumentos, pruebas en sede judicial, manifestaciones y votos y aun así siguen moviéndose, porque aunque hayan quedado reducidos a dos tornillos y un cable, los anima la voluntad de continuar cagándonos hasta el último aliento.

Nuestro estilo es más bien el de Ali. Podemos pecar de fanfarrones pero somos excelentes haciendo lo que hacemos. Hablamos de más pero bancamos la parada con el cuerpo, como el Ali a quien el poder despojó injustamente de los mejores años de su carrera porque se negaba a matar desconocidos en Vietnam.

Y encima somos los más bonitos.

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El final —diría Solari— es un desbunde. Cristina encara lo que debía ser el cierre pero la gente la interrumpe, expresa aclamación, empieza a cantar. No entiendo qué pasa. Cristina tampoco, porque me mira y lo pregunta por lo bajo. Giramos para ver a los costados. Sigo a oscuras. Recién entenderé después, cuando le pregunte a Ana Laura, que estaba sentada entre el público.

Pasó que quien manejaba las cámaras ponchó una imagen de lo que ocurría afuera del Metropolitano y la exhibió en las pantallas a nuestras espaldas. Y la gente de adentro vio que afuera había una multitud de esas que asimilamos a las que produce el Indio cuando genera El Pogo Más Grande del Mundo. Pocas horas después leo por las redes que alguien asimila esa imagen cenital a un guiso de lentejas. Eso somos: el más rico guiso, y contentos de serlo.

Cristina entiende al vuelo que ese fervor es el mejor de los finales y se despide. Al pie del escenario, la gente blande ejemplares de Sinceramemente. Le alcanzan uno y lo firma. Pronto somos varios los que le alcanzamos libros. Algunxs se desprenden del público y trepan al escenario. Manifiesto mi inquietud, pero Cristina le dice a su gente que quiere seguir firmando. Finalmente prima la cordura y la ayudan a salir. Yo me quito del paso para no estorbar. Como en un dibujito animado, el gentío corre hacia la escalera angosta y se queda atrancado ahí. Pasarán muchos minutos antes de que el paso se descongestione y se me permita salir.

En algún momento la voz de Cristina irrumpe por los parlantes. Ahora está afuera, hablándole al guiso de lentejas. Su voz suena ronca, pero lo que dice le pone el moño a la velada. Habla de la felicidad a la que (casi) todos aspiramos. Estamos los que sabemos que no podríamos ser felices si la gente que nos rodea no lo es también, y están los que trabajan para la felicidad de sus masters de ultramar al precio de la infelicidad de sus compatriotas. Parece joda, pero es tan simple como eso. En las horas por venir se agarrarán de cualquier cosa con tal de criticarla: tratarán de presentar lo de la amante de Belgrano como una falta de respeto cuando era todo lo contrario, hasta se tomarán de la chanza hacia el Hada Virginal para interpretarla como una crítica a las divorciadas. (Si esta gente se acerca a tu taza de leche, te la cuaja.) Pero nosotros no discutimos boludeces.

Para nosotros, el tema único de esta composición es la felicidad de los otros.

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Cuando consigo bajar del escenario, la veo a Ana Laura lidiando con el banner del libro y con la estructura de cartón desarmable que representa a un Sinceramente gigante. Todos los demás se han ido, como si en efecto estuviesen por dar las doce y temiesen que la carroza se convirtiese en calabaza. Me hago cargo de la cartonería extra large. Cruzamos la inmensa cocina vacía del Metropolitano con esa carga a cuestas y nos prometemos que esa escena figurará algún día en alguna parte.

El vehículo de Oscar está lejos y no puede llegar donde nos encontramos. Hay que atravesar el parque y salir de ahí. Cuando me canso de arrastrar los cartonazos, corto por lo sano y los levanto por encima de mi cabeza. Me siento un porteador africano de safari, morocho de peli en blanco y negro de Tarzán; vuelvo a reirme de mí mismo. Caminamos un buen rato, hasta que decidimos plantar bandera junto a un chiringuito y pedirle a Oscar que se mueva hasta allí. (Bendiciones de la tecnología GPS.) La gente que todavía está desconcentrando se acerca y saluda, nos felicita, se saca fotos. Hay un par que se tomó en serio lo que dije cuando Cristina bromeó con eso de que el próximo libro lo escribiría conmigo —le dije firmame acá, y pregunté si las cámaras estaban funcionando— y me tranquilizan: «No te preocupes. ¡Lo tenemos grabado!»

Consigo sentarme en una silla de plástico y encender un cigarrillo. Al minuto suena el teléfono. Es Mariano, que me pasa con ella. La escucho decir que salió bárbaro, que todo el mundo le está mensajeando que la presentación fue deliciosa.

La gente está contenta. Ella está contenta y yo soy feliz.

Que es, a fin de cuentas, de lo que se trata todo.

 

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