La noche del domingo, vecinos de Aimogasta llamaron a la policía alertando del hallazgo del cuerpo de un bebé en estado de putrefacción y desmembrado por animales.

Por: Ana Martínez

Mucho más no se conoce del caso, solo la imagen hablada de un recién nacido mutilado, colgando de los colmillos de un canino, como una escena del más repulsivo cine gore pero en la inmediatez del ventoso Arauco.

Abandonado, depositado, como se depositan las frustraciones en la espalda de la vida, mascándolas compulsivamente en un afán incierto. Depositado, como se depositan las esperanzas de que algún transeúnte con deseo de maternidad o paternidad pueda o quiera aferrarse de un llanto, de la vulnerabilidad de un ser frágil e incipiente.

Depositado, como se depositan las críticas y reclamos a la madre, ignorando repetidamente el protagonismo de un padre o progenitor. Estas tragedias siempre muestran las dos caras de la moneda, desenmascaran el vil comportamiento humano, la naturalización de la violencia y la tendencia machista.

No conocemos las circunstancias, ni la edad de la madre, ni su salud mental. Pero eso a cientos de usuarios de las redes sociales les parece tan poco importante como la inferencia de un progenitor. Y acusan a la madre de “asesina”, y “verde” deduciendo su posición ideológica. Sin embargo, del padre o progenitor no se dice nada. Ni una crítica, ni un reproche. Ni siquiera una pregunta. Como si la responsabilidad absoluta antes y después del parto, colgara pura exclusivamente del cuerpo gestante, de la mujer; hacedora de vida.

Lejos está la empatía y la sororidad en un sinfín de usuarios de redes que imagino agolparse cual turba con antorchas encendidas reclamando lapidar a la fornicadora. Aduciendo que no es posible la sororidad, ni la solidaridad con la madre de esta criatura.

Y es por esa misma razón que en estos tiempos donde se exacerba la presión al alumbramiento y se toma como un milagro la condición de niñas madres, comandado por un slogan que pocas vidas salva (o ninguna) veo necesario hacer una profunda reflexión.

Reflexionar en primera instancia en la urgente necesidad de un Estado que acompañe, un Estado que garantice el acceso a la salud pública y a la salud mental. Un Estado de brazos abiertos, inclusivo y regulador, que no escupa a los desclasados sino que les permita oportunidades, garantizándoles el acceso a derechos y el cumplimiento de obligaciones.

Apelo a la imperiosa necesidad de centros y guardias de salud mental y a la ética de los profesionales que allí desempeñan su función. Son necesarios equipos interdisciplinarios que cuiden la integridad humana y así trabajen en la realidad material, de salubridad y subjetiva de nuestros ciudadanos.

Pero también es necesario reflexionar sobre los roles sociales, el individualismo macabro y la creencias de autosuficiencia que asfixian las relaciones personales. Somos seres sociales que necesitamos de nuestros pares para valernos. Sin embargo, pareciera que la globalización en su efecto de expansión nos ensimismó, logrando que seamos indiferentes al otro como yo, a sus necesidades, a sus deseos, a su fragilidad, a su pedido de ayuda a veces silencioso, a veces dramático.

Pienso que es posible reconstruir una sociedad; anhelo un mundo de valientes que se animen a salir de su zona de confort, dispuestos a construir y contribuir en una sociedad hermanada, solidaria, donde se agolpen personas dispuestas a tender una mano, a la escucha atenta, a la empatía y a la sororidad en vez del pronto señalamiento y las acciones de humillación y condena; porque es en la humillación donde se esconde la culpa disfrazada de centinela, mientras que la cobardía, el asco y la comodidad se visten de indiferencia e inseguridad.

No dejo de pensar en las miles de posibilidades que podrían haber evitado este trágico final. Tampoco dejo de pensar en todo lo que debería haber estado, pero quizás no estuvo.

Pienso en el famoso dicho “Pueblo chico, infierno grande” y en el peso de la opiniones prejuiciosas, al punto de nublar una mente, al punto de dejar en jaque a una persona y colocarla al borde del abismo, donde el retorno no es una opción.

Pienso que se toma con naturalidad que tantas madres abandonen a sus recién nacidos en hospitales, guardias, comisarías, iglesias. Pienso que muchas veces se promueven estas acciones, como una opción para no “caer” en el aborto. Miles de veces escuché a quienes defienden férreamente la vida, promover que es preferible que los dejen en manos del destino y de Dios, como un Moisés navegando en la incertidumbre del azar… Pero esta vez el azar no sonrió; como muchas veces no sonríe. Es que nunca hay certezas en el azar, solo el pálpito del ludopata, junto a infinitas posibilidades y junto a la forclusión de la responsabilidad. Será por eso que resulta tan atractivo apostar con subjetividades ajenas, con traumas ajenos, con historias ajenas, con vidas ajenas desde la seguridad de la zona de confort.

Esta vez no sonrío el azar, como no sonríen las niñas obligadas a gestar y a parir luego de haber sido obligadas a mantener relaciones sexuales. Obligadas, por la mente retorcida de quien satisface sus instintos bajos y revictimizadas por quienes sostienen el estandarte de la moral y el deber ser de la insignia que portan, antes que la empatía, naturalizando la violencia y romantizando el trauma. Dejando a la Mujer en el simple rol de envase, de incubadora divina. De gestora de un milagro…

Pienso en el bebé y pienso en la madre. Quizás no hubo un consejo, ni quien aportara una solución. Quizás sólo hubo miedo y desesperación. Quizás hubo amenazas. Quizás… Quizás solo era una niña o no…

Y en caso que goce de todas sus facultades mentales tendrá que presentarse ante la justicia, como le corresponde a todo ciudadano y cumplir su condena.

Mientras tanto, nos ocupemos de lo que nos corresponde como sociedad. Quizás, dejen de aparecer niños desmembrados y mujeres mutiladas, quemadas y violadas cuando abandonemos la condena social apriori y el prejuicio, para transformarnos en una sociedad resiliente, restauradora, de la que germine la empatía, el respeto, la confianza y la solidaridad. No el miedo, la vergüenza, el asco, ni la moral hipócrita que condena a los débiles y perdona o resigna a los abusadores.