Ataques en manada; retoños del poder y la violencia machista

Opinión – Por Ana Martínez.

En los últimos días del 2019, en nuestra provincia, una mujer fue sorprendida en su lugar de trabajo y ultrajada física, emocional y psicológicamente por un grupo de hombres ensañados con su persona; el pasado fin de semana un pibe fue golpeado salvajemente hasta morir por un equipo de rugbiers y no es un caso aislado. Cada uno de estos hechos están unidos por un hilo conductor: La obscena y desmesurada demostración de poder, intrínseca a la violencia machista.


El falo, es el símbolo del principio activo o determinante del poder y de la autoridad, de la fuerza y de la decisión. El falo es el significante de lo que no se tiene y de lo que no se es; Pero el poder a pesar de su precariedad posee la tentación de tener acceso a cualquier goce.


Es ahí, donde los “Machos alfas” olfatean su testosterona demostrando su virilidad entre ellos, persiguiendo alguna presa inofensiva, sin posibilidades siquiera de defenderse… Ponen en riesgo la vida de animales y personas en un espectáculo al estilo noxii pero “criollizado”; viendo jinetear a un peón sobre un potro reservado o sin amansar, donde resistir 15 segundos puede significar victoria o supervivencia. Donde el animal asustado y adolorido por los punzones que recibe es sus costillas, se retuerce en movimientos bruscos probando la destreza del jinete o desafiando el azar (la muerte). De la misma forma, la nueva generación de ricachones, los “New Age” se cuelgan del servicio de energía y lanzan cerdos de un helicóptero y se ríen, como se reían quienes en los ‘70 lanzaban personas adormecidas al mar. Se ríen y bailan como lo hacían quienes dejaron un país totalmente empobrecido y endeudado, mientras se fugaban capitales a sociedades offshore.


Mientras tanto, los hijos de la “New Age” salen en cacería, en busca de una presa fácil, inofensiva, inerme. Así salieron once pibes detrás de una presa menor… Fernando fue la presa perfecta. Estaba solo, sentado en el cordón de una vereda frente al boliche, esperando a sus amigos. Allí, por la espalda lo sorprende un grupo de once, casi un equipo completo de rugby pateando una persona como si se tratase de una pelota en una cancha de juego. Fernando era hijo único, hijo de inmigrantes; su padre es portero en un edificio en Recoleta, su madre es ama de casa. Fernando tenía 18 años, y soñaba con ser abogado; pero se vio envuelto en un ritual de machos que demuestran su virilidad y poder entre ellos, ejerciendo la violencia a un otre que no es un par, a un otre inferior (según su perspectiva), a un otre sin privilegios de clase.


Volviendo a las realidades de nuestra provincia, en los últimos días del 2019, una mujer estaba finalizando la jornada en su lugar de trabajo cuando fue abordada por un grupo de cuatro hombres que la violaron. Ella quedó hospitalizada. La justicia resolvió asignarle custodia policial mientras se desarrolle el caso. Sin embargo, días después, desestimando, evadiendo, o con la complicidad de la guardia policial que se encontraba en la puerta de su casa, su agresor ingresó a su vivienda. En esa oportunidad fue violada con un objeto punzante, produciéndole cortes en sus genitales.


Trato de imaginar la escena; pero mucho más trato de imaginar la sensación de esa mujer doblemente vulnerada.
Viviendo primero ese rito de machos turnándose para torturarla, para humillarla. Seguramente se reían, quizás la culpaban. Lo imagino así porque esas conductas se repiten en situación de demostrar poderío. Si bien los sospechosos no son hijos del poder (¿o sí?), son machos que llevan internalizada la idea de que son el falo o lo poseen y por ende, pueden tener acceso a cualquier goce. Eso, fue convalidado por siglos, por una cultura patriarcal que se extendió como germen; enseñándose, transmitiéndose, heredándose e imponiéndose.


Así como a esta mujer se le impuso vivir algo que no deseaba. La cultura patriarcal nos abusa todos los días en todos los ámbitos: laboral, del hogar, familiar, en los vínculos románticos, amistosos… Donde siempre se juega la dialéctica del amo y el esclavo.
El amo es quien representa el poder. Esclavo es quien se subordina a ese poder; A las mujeres, a lo largo de la historia siempre se nos quiso ubicar en el lugar de esclavas… Subordinadas a un Dios, a un patrón o a un marido. Subordinadas al goce ajeno, a la voluntad de cualquier hombre que decida sobre nuestra voluntad, nuestro deseo, nuestros cuerpos, nuestras vidas.


Sin embargo, cuanto más se niega la mujer al rol de subordinada, conquistando espacios de decisión y crecimiento; Más aumentan las cifras de femicidios. Solo en 2019, en Argentina se registraron 290 femicidios. Es decir que cada 26 horas murió una mujer en manos de un hombre, siendo el 84% de las veces su pareja, ex pareja o perteneciente a su círculo íntimo.
Esto quizás sea un síntoma de la desesperada asfixia del sistema patriarcal que puja por no extinguirse. Muestras exageradas y desesperadas del poder que se conserva. Un intento de regocijarse por conservar el falo, o ser el falo… Negando la castración, negando que el amo, (al final de la cadena) está condicionado por la voluntad del esclavo.

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