Carta a mi padre Heny Omar Farach Germán

Por Heny Farach * – Hoy a 44 años del 24 de marzo de 1976, te escribo, no tan solo para recordarte, sino para expresar lo que muchos años callé por acción u omisión. Por acción, por el siniestro método de autocensura que la formación cultural te impone con el paso del tiempo: que dirán, algo habrán hecho y demás suposiciones superfluas y lejanas, absolutamente vacías de realidad. Por omisión, porque este es el momento de decir, hacer y defender. De tomar partido, bando, color o idea, como le quieras llamar. Heny Rachid Farach. Nacido en Bogotá Colombia. Criado en Madrid España. Educado con orgullo en la escuela y universidad pública Argentina.

Años antes del 24 de marzo de 1976, en el centro de la convulsionada Córdoba; hablamos del 23 de noviembre de 1974; un susto y una casualidad lejana de planificación, hizo que las arteros militares dieran con vos y tu paradero. Panfletos de la idea que vos defendes y otros artilugios de propaganda fueron juez y jurado, de la sentencia que por el solo hecho de pensar, te obligaba el gobierno militar de Isabel Martínez (De Perón), en un fruto amargo de los dogmas de ese momento. Pensar no estaba de moda en ese entonces y ahora tantos piensan e informan que la desinformación está a la orden del día. Te capturaron, te aislaron, te incomunicaron, tuviste que morfarte una llave o dos, o tal vez ninguna, o solo ocultar lo que “sabías”, mientras ningún compañero caiga. Te asustaron y mucho. Nos asustaron a todos. La familia si bien se preocupó, también tenía miedo, porque nuestra sociedad es chiquita y “La Rioja es un pañuelo”. No había lugar para los que piensen distinto o causen problemas. Viste que si pensas y te organizas, les cae mal. Ellos manejan la cosa. 

Hasta hoy, muchos decidieron olvidarte, a propósito, porque eso es más económico que reconocer tu valor, con defectos y virtudes. Pasaste por varios centros de detención, desde el caluroso Chaco hasta el frío siniestro de la gran patagonia. Esta era otra campaña del Desierto. La campaña del congelamiento de las ideas. Golpe a golpe, grito a grito, la conciencia no vuelve a ser la misma después. Recuerdo, ya avanzado el tiempo que para contar tu realidad, nos tapabas las orejas, para que “no escuchemos”. Puta que si escuchábamos. 

A fines del 76, no se bien las fechas, ayudado por el tío Roque (Tu hermano menor, de diez herman@s que fueron) pudiste salir del país. Ese maneje no se si vale la pena contarlo. Lo que sí debo decir es el universo tiene ya determinado muchas de las cosas que van a ocurrir, o por lo menos las formas. Un cambalache de idas, mensajes ocultos, llamados telefónicos sin nombres y con más silencios que voces. Así se cuajó tu salida, negociada por supuesto y rápida, para variar. Sabíamos, porque tiempo después me enteré, que al tío le pedias manzanas “para los changos”, porque les gustaba y era uno de los pocos gustos que se podían dar presos, detenidos, aislados, castigados por el voraz imperialismo y sus cabezas de hidra sacudiendo latinoamérica. 

Recuerdo que el tío, luego de sus gestiones, que merecen otro párrafo por el miedo y la incertidumbre que tuvo que vivir, logró que le digan “venga mañana a tal hora. No llegue tarde. No se demore. El lo va a estar esperando”. Roque estuvo “viviendo”, en Buenos Aires una metáfora propia del mejor autor de novelas policiales. Pensiones, cuartos oscuros, sonidos de sirenas y silencio. Mucho silencio. Ese debe haber sido el momento más difícil, porque al agregado de la des-información se le debe sumar la incertidumbre contagiada por la desesperación de miles de familiares que nunca más pudieron volver a mirar a los ojos a sus hij@s, herman@s padr@s o espos@s. El silencio, como muchos artistas reflejan era todo. Era lo que había y lo que no. Acompañado de una mirada podría decir mil cosas. podía decir muerte, desaparición o libertad. Acompañado de una sonrisa socarrona, podía decir muerte o violación. El silencio nunca hizo tanto ruido, como en esos momentos.

Desde Perú, ya en el exilio, solo y en silencio, diste señales de vida. Eso alimentó la esperanza, pero solo eso, la alimento momentáneamente. No la nutrió. Contabas años después que había casitas como ranchos, hechos de chapas y la mierda salía de cada “casita”. Los parantes de ese hogar, raquíticos como sus propietarios, daban muestra de cómo estaba el Perú. Diezmado. Inclusive después del terremoto. La selva ya comenzaba a a traverse en tu vida, junto a tu vocación truncada, sólo truncada en Argentina, la que brilla. 

Allí hay una pausa en el tiempo y a historia. Nunca supe cómo saliste de ahí, ni como avanzaste ni cómo llegaste a otras latitudes. Solo se que conociste a mi tío Ricardo, ya en Bogotá, Colombia allá por el 77, año en el cual nacieron muchos de mis amigos, amigos que parece que también olvidaron a propósito. 

El primer recuerdo que tengo de vos, es verte todavía con el cabello largo, ruludo, como decimos en Argentina a los rizos. Camisa blanca con mangas cortas. La piel color piel riojana: diezmada por el sol caribeño. Salías de la casa de Margarita, mi abuela madre de mi madre apurado, como si ese apuro fuera a solucionar algo. Años después supimos los dos que no. Recuerdo también que el alcohol estaba presente, socavando como los mineros en Potosí, la lucidez y la voluntad.  Mi madre Gloria, con todo el valor del mundo, me empujo a la existencia y hasta luchó con vos por eso. Allí nací en Bogotá, para luego ir a un pueblito escondido (porque siempre hubo que estar escondidos) en la rigurosa selva colombiana cerca de Bogotá, pero lejos del mundo. Mucho más lejos de Argentina que nada. Trabajabas en una farmacia y la vieja te ayudaba. Hubo historias y desencuentros. Hubo felicidad hasta que al año te vinieron a buscar. “Están buscando a todos los Argentinos médicos, porque están colaborando con la guerrilla”, era la excusa para perseguirte. Para perseguirnos.

Volamos. España fue nuestro destino. Madrid. Corría abril del 79 y llegó Carlos, mi hermano. Nos llevamos un año y meses pero el parece siempre más grande, más serio y juicioso. No se porque, pero hasta vos lo decías. Barcelona y París fueron otros destinos del camino. Hacía frío, mucho. Recuerdo tus pies lastimados, llenos de agujas de acupuntura y morados. Completamente morados. No entendía porque. ¿Por qué tan lastimado? Nuevamente con el paso del tiempo aprendí que las heridas que no se ven, son las que más duelen, pero supongo que a estas alturas todos lo saben. 

Aprendimos a hablar, escribir, convivir, compartir y a ser, principalmente a ser, en un contexto cultural. Se mixaba todo con vuestros contextos, vos riojano, hincha de Andino, nacido en barrio Matadero, chayero, médico, militante y preso y exiliado político. Ella colombiana, de Bogotá, del barrio Kennedy, flaca por demás y gran hermana, con tanto pero tanto coraje, que amó a sus hijos y dejó todo a los 25 para cruzar el Atlántico con vos. Imaginate el miedo, la incertidumbre que sentía y aún hoy siente, Solo imaginate. 

Ya casi en el 84, cuando Argentina tenía una tenue democracia, volvimos a Colombia. 

Nunca nada fue igual. Ni volverá a serlo. 

Hubo una año de transición. Nuevos parámetros culturales. Nuevas voces. Nuevos conocimientos, nuevas personas. Nuevo todo. Ese año quedó registrado en mi memoria, con lujo de detalles. 

Fin parte 1

*Heny Farach – Periodista; cronista de diario El Independiente, Trabajador de Prensa de la Secretaría de Comunicación y Planificación Pública de la Provincia de La Rioja

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