Psicoanálisis – “El mundo se detuvo y quedamos pedaleando en el aire”

Entrevista a Alexandra Kohan, psicoanalista y docente de la UBA. Realizada por Bautista
Veaute para el sitio: “MATE” el 24 de marzo del corriente año.Editada por Soledad Castaño


Ya iniciada la cuarentena; la conversación con ella –quien se destaca como muy activa en
twitter, cuestionadora de los sentidos comunes que circulan en los multimedios- versa
alrededor de los imperativos morales que recorren las redes a modo de consejos sobre cómo ocupar este tiempo…libre. Alexandra sacó un libro el año pasado “Psicoanálisis: una eróticacontra natura” donde decía: “La lectura que pone a funcionar el psicoanálisis se ubica en las antípodas de la repetición mántrica de formulas y jergas vacías. Y en la medida en que
encontremos antídotos para eso el psicoanálisis seguirá vivo”

La controversial psicoanalista en entrevista con Agustina Escobar para la revista: PANAMA a
partir de su libro discute con algunos feminismos “ACOSTARSE CON UN BOLUDO NO ES
VIOLENCIA” lo interesante es que nos empuja a repensar los discursos instalados desde
algunos sectores del Movimiento de Mujeres (como desde cada lugar que se impone como
dogmático) y coloca signos de preguntas donde antes había exclamaciones. Así es que, con
crudeza e ironía, desarma los términos de “responsabilidad afectiva” y “amor propio”, habla
de los escraches, del #noesno y advierte que, desde estas perspectivas, “uno siempre es
bueno, casto y puro” y que “si a todo le ponemos el nombre patriarcado, no pensamos más
nada”. Alexandra parece una incansable cuestionadora del sentido común y por ello pone a
trabajar el pensamiento en contra del dogma.


—Alexandra, te leía en una nota decir sobre los imperativos en las relaciones: “Se rechaza el
inconsciente y se pretende que uno es transparente para sí mismo. Que uno coincide consigomismo todo el tiempo; no se permiten las vacilaciones, las incertidumbres”. En redes, mientras se iba a concretando el estado de cuarentena, empezaron a surgir discursos del tipo “aprovechá la cuarentena para ordenar el placard, terminar la tesis, leer una novela”. ¿Qué esconde ese discurso de quienes enuncian “recomendaciones” de cómo vivir la cuarentena? ¿Por qué tienen tanta audiencia los discursos imperativos, moralizantes?

—Antes que todo, me llamó la atención la velocidad con la que se pusieron a circular
campañas, no hablo de las campañas oficiales, sino de consignas, consejos, ideas, y todo tipo de cosas para hacer durante la cuarentena. Eso es lo que más me llamó la atención: la
velocidad con la que se anticiparon supuestos escenarios. De hecho, esas consignas se
transformaron rápidamente en hashtags. Esa velocidad con la que no nos dejaron ni siquiera
advertir qué estaba pasando me pareció un tanto apabullante. Luego, lo que me llamó la
atención fue la manera en que se fantaseaban todas las escenas: EXCLUYENDO la ANGUSTIA. Quiero decir, por un lado, todas esas consignas estarían al servicio de que nadie se angustie o se aburra o se “caiga”; pero por otro lado, no estoy tan segura de que se estuviera pensando en que eso estaba en función de no angustiarse, sino que noté que directamente no se “calculó” la angustia. Porque todas esas propuestas se podrían hacer en la medida en que uno no esté con la angustia que implica esta situación que es absolutamente inédita y que cancela la cotidianeidad de golpe. ¿Cómo se podría leer, escribir, terminar la tesis, ordenar el placard, “aprovechar”, si el mundo, tal y como lo habitamos hasta hoy, ya no está más ahí? Me parece muy complicado intentar armar escenarios como si nada estuviera pasando, como si todo fuera igual pero dentro de casa. Una cosa va con la otra: no hubo tiempo para advertir qué es esto y por eso todos los imperativos terminaron siendo NEGADORES DE UN REAL que nos está afectando indefectiblemente y cuyos efectos aún son incalculables. Lo que creo es que los discursos imperativos y moralizantes sirven para no pensar, para negar lo que está ahí ineluctablemente. Sirven para anestesiarse, ni siquiera para tranquilizarse. Son una especie de NARCOTICO que impide parar y permitirse no saber qué hacer. Quizás tengan audiencia porque para algunos es más fácil obedecer, creyendo que hay alguien garante de las decisiones que se toman; porque esos discursos suponen que existe alguien que sabe, que no se equivoca y que nos está garantizando que no nos vamos a equivocar nosotros. Sirven también para llenarnos de CULPA porque, claramente, son imperativos incumplibles que dejan, al que quiere alcanzarlos, siempre en déficit. De hecho, muchos de nosotros, lógicamente, no estamos pudiendo hacer nada de lo que hacíamos habitualmente. Como me decía ayer mi amigo y colega Darío Charaf: estamos entre la inhibición y la angustia, oscilamos ahí. Y es que la idea misma de hábito quedó cortada de cuajo. La vida cotidiana está llena dehábitos y de rutinas que son, en definitiva, lo que arman el entramado de la realidad de cada quien. Se desgarró ese entramado y no hay con qué, por ahora, coserlo.

—La cuarentena nos pone en una situación que en esta época quizás sea extraña para algunos:la no certeza. ¿Podemos vivir sin garantías? ¿Qué nos dice el psicoanálisis de las
incertidumbres?

—Hay muchas formas de vivir. Existen los que no quieren enterarse de que vivir es habitar la
incertidumbre y que vivir es sin garantías. Eso conduce más bien a la inhibición y a la parálisis que incluso muchas veces se disfrazan de un exceso de actividad- y no ahorra padecimiento
porque, justamente, esas garantías no existen. Salió hace poco un libro muy bello de Anne
Dufourmantelle que se llama Elogio del riesgo que también podría ser un elogio de lo incierto.
La autora subraya cómo hoy en día la precaución se volvió norma y cómo una vida en la que se pretende calcular todo y no perder nada es una vida detenida, es más bien estar un poco muertos. Su antídoto, a lo largo de la serie de ensayos, es poner el riesgo a favor de la
posibilidad de habitar una vida vivible. ¿De qué se trata el riesgo? Lejos de hacer una apología de los deportes de riesgo, o de esos moralismos que empujan a vivir una vida no importa qué, esos moralismos cínicos, ella define el riesgo como aquello que “abre un espacio desconocido”. Un riesgo no es una locura pura, tampoco una conducta apartada de las normas, ni siquiera un acto heroico. Se trata de un riesgo que se precipita como resistencia a la vida neurótica, esa que calcula, que no pone en juego nada, que no pone de sí; esa vida que pretende saberlo todo anticipadamente, esa vida que pretende que podría haber garantías y certezas.


—Leía a Sara Ahmed, una teórica británica que escribe sobre el imperativo de la felicidad.
¿Cómo podemos leer a ese imperativo del deber disfrutar en este contexto de encierro? ¿Por qué hay muchas personas negando la angustia? ¿Es posible la sublimación a pesar de la
angustia por el encierro? ¿Hay alguien aprovechándose de ese imperativo de la felicidad?
—Hay algo muy lindo que plantea Sara Ahmed: …como que aguar la fiesta de la felicidad es dar paso a la vida, a una vida otra, a que se abran posibilidades. Efectivamente se trata de dar paso, de dar lugar a una vida que no excluya ni refracte la angustia. Los imperativos de
felicidad y de productividad nos dejan cada vez más alienados a los mandamientos del
mercado y no nos dan lugar. No hay lugar para las distintas subjetividades, no hay lugar para
nuestras singularidades. Los imperativos de felicidad nos suponen a todos iguales y pretenden disciplinarnos de manera uniformada. Nos pretenden sin angustia para seguir produciendo. La idea de felicidad, entonces, no está para nada desprendida de la ideología, es netamente ideológica que, además, está en total relación con el modelo productivo. Y para contestar tu pregunta, si alguien se “aprovecha” de esto, sería el mercado del consumo que es muy voraz. No sé si estoy más atenta o si es así: pero todos estos días estamos recibiendo una cantidad inusitada de propagandas por mail y por instagram para seguir consumiendo. Si alguien “sabe” de cómo el consumo pretende obturar la angustia, esa es la publicidad. Por eso el Psicoanálisis va a contrapelo de esos mandatos de felicidad y eso no quiere decir que vaya en contra de la felicidad, sino de la felicidad como mandato, como “objetivo”. Un psicoanálisis es un espacio en donde cada quien encuentra esa singularidad que el mercado -sobre todo el mercado de la autoayuda- le veda y puede empezar a hacer algo para darse paso a otra cosa. El psicoanálisis, siguiendo a Sara Ahmed, sería también un aguafiestas. Alguna vez Lacan dijo, y se puede leer en ese mismo sentido, que no hay que empujar un análisis muy lejos, que “cuando un analizante piensa que él es feliz de vivir, es suficiente”. Y ese feliz de vivir no es vivir feliz, sino vivir sin melancolizarse en la idea de que la felicidad es una fiesta de los otros a la que nunca estamos invitados. Feliz de vivir es aceptar la fragilidad de vivir sin garantías. Respecto de la sublimación diría que es al revés: no hay sublimación sin angustia. La angustia tiene una función orientadora y por eso refractarla o pretender que no la haya es una posición negadora que termina teniendo consecuencias peores. Lo que noto hoy -en días de cuarentena- es que no es tan sencillo sublimar, justamente. Lo que se sublima es la pulsión y lo que vengo escuchando o incluso experimentando es que esa pulsión está un poco “enloquecida”, no está tan disponible para ser sublimada.


—En Twitter dijiste que te costaba leer en la cuarentena porque para leer había que suspender al mundo, y esta vez el mundo nos suspendió a nosotros. ¿Puede ser que vivamos la cuarentena como un estado de duelo? ¿No sucede algo similar con la suspensión del mundo cuando duelamos? ¿Cómo salir del estado de suspensión?


— No sos la única, no. Somos muchísimos los que no podemos leer. Para leer hay que
suspender el mundo y en este caso el mundo nos suspendió a nosotros. Algo así pensé. Pero nada, ni una línea. No tengo idea y me parece demasiado pronto para intentar clasificar o etiquetar esto que estamos atravesando. Además, un duelo es absolutamente singular y no me atrevería nunca a decir nada de manera general. Por otra parte, hay modos y modos de concebir el duelo. Tiendo a resistirme, en la medida de lo posible, a comprender tan
rápidamente algo que recién empieza y que además es totalmente inédito. No tengo idea. Sí
me interesa, en cambio, pensar en relación a esos imperativos que empezaron a circular qué
nociones de lectura se activan. Me interesa mucho la pregunta ¿qué es leer? y suelo
sostenerla. Me parece que en un primer momento se nos activó una fantasía lindísima de
disponer de tiempo para leer, pero rápidamente entendimos que para leer no se requiere
solamente tiempo, sino toda una disposición que, según creo, tiene que ver con silenciar el
mundo, silenciar sus demandas y habitar la soledad como refugio, aislarnos del mundo

mientras el mundo sigue funcionando. Hoy es al revés: el mundo nos silenció a nosotros, el
mundo se detuvo y nosotros quedamos pedaleando en el aire. Somos muchos los que no
pudiendo leer porque resulta insoportable sustraerse de lo poco que hay ahí “afuera” de
nosotros. Estamos aislados literalmente, no sé cómo se podría leer en estas circunstancias. Si leer implica además extrañarnos a nosotros mismos, extrañar la realidad, ahora es la realidad la que se extrañó y nos extrañó. Por eso la angustia está ahí y no podría no estar. Lo familiar se volvió extraño, sí, es siniestro. ¿Se puede hacer como si nada pasara? Sí, hay mucha gente que no está pudiendo enterarse y pretende seguir con sus rutinas. Y sí, cada quien, más tarde o más temprano, verá cómo se vuelve a ubicar en este nuevo mundo.
—¿Cómo se configura “el otro” en este contexto de pandemia? Los límites, las fronteras,
¿cambian? Lo pregunto en el siguiente sentido: en las redes, mucha gente “progre”, habla de
que es un virus cheto, cuando el virus, creo yo, nos habla de una realidad objetiva. Cuando leo esos comentarios, me recuerdan a Trump nombrando al COVID-19 como el “virus chino”…

—Sí. Hay algo que está siempre ahí funcionando y que en este caso cobra la forma del COVID- 19: la amenaza siempre es el otro y se activan mecanismos segregativos. Los límites y las fronteras se han reforzado no sólo concretamente desde los gobiernos.
Decir que es una enfermedad de chetos es por un lado pueril y por otro estigmatizante. Igual
que atribuir una enfermedad a cualquier otro grupo o sector. No lo veo muy distinto de
cuando se dice que el SIDA es una enfermedad de gente promiscua o que el dengue es de
gente pobre. Es estigmatización, segregación y una insistencia necia en no percibirse
“portador” de nada. Como si los portadores del “mal” siempre fueran los otros. Funciona como modo de creerse a salvo y “buenos”.


En este caso particular es además una sobreactuación de lo popular. Me sorprende leer que
gente que claramente viene de familias de clase media alta sobreactúa lo popular. Se puede
ser crítico con esa clase a la que se pertenece, incluso intentar sacarse de encima los lastres,
pero hacerse el popular diciéndole “cheto” al otro es hipócrita. No veo muy distinta la posición de los que dicen “los negros” con los que dicen “los chetos” acaso funcionen en espejo. La idea es siempre la misma: “no soy yo, es el otro” y ahí van seguros de estar siempre del “lado correcto”.

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