Andrea Gamarnik: «En el Instituto Leloir hicimos una revolución porque somos todas mujeres»

Andrea Gamarnik, Directora del IIBBA del Conicet, jefa del Laboratorio de Virología Molecular del Instituto Leloir y científica de prestigio internacional cuestiona la estructura patriarcal de la producción de conocimiento, al tiempo que encuentra otras maneras de construir en plena pandemia, cuando ella y su equipo destinan muchísimas horas a comprender los mecanismos del virus que cambió al mundo.

Andrea Gamarnik se entusiasma y entusiasma. De sus horas en el laboratorio pasa al apasionado discurso de transmisión de la ciencia y su alegría por la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Habla de las investigaciones sobre el virus del dengue en el laboratorio de Virología Molecular que creó en 2001, cuando volvió a la Argentina en medio de los cacerolazos para “devolverle al país todo lo que había invertido” en ella. Quería hacer “algo importante” y lo logró. Advierte que la “emociona” hablar de esos descubrimientos, producto de años de trabajo en los que primero tuvieron que construir las herramientas de investigación, que les valieron reconocimiento internacional. También fueron una base de los proyectos que hoy demandan dedicación full time para combatir la pandemia de covid-19. Como directora del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires, IIBBA-Conicet, y jefa del Laboratorio de Virología Molecular de la Fundación Instituto Leloir, lidera este trabajo, al que se dedicaron desde marzo de 2020. Lo primero fue el desarrollo del test serológico Covidar, que en mayo permitió a la Argentina ser uno de los primeros países en el mundo que tenían una forma de rastrear dónde había estado el virus. Fue un proyecto sin fines de lucro y ya se produjeron más de un millón de kits de Covidar para SARS-CoV-2, desde que en agosto fueron aprobados por ANMAT y desarrollados en asociación con el Laboratorio Lemos.

Mientras dedica muchas horas del día a la tarea de conocer el virus SARS-CoV-2, se entusiasma con la tarea transversal que le permite proponer otra forma de hacer ciencia. Una forma que no sea patriarcal. “La pregunta que nos tenemos que hacer es cuando llegamos a estas posiciones de liderazgo, como yo, que soy directora de un Instituto y jefa de un laboratorio ¿qué hacemos? ¿cómo hacemos para cambiar estos moldes que vienen desde hace cientos y cientos de años?”, enfatiza y amplía lo que antes puso por escrito. “En esta pandemia surgió una forma de trabajo diferente. Se gestó un proyecto transversal donde participaron investigadores de distintas disciplinas con enorme generosidad. Esta es una experiencia única de la que tenemos que aprender. ¿Podemos reproducir y multiplicar esta forma de trabajo?”, es el planteo que le interesa compartir al considerar: “Tenemos que pensar en cómo transformar la forma en que hacemos ciencia. Si bien cada vez hay más mujeres en cargos directivos y en puestos de liderazgo, la pregunta es: ¿podemos transformar esos modos de trabajo instalados en las instituciones científicas? ¿O nos amoldamos a ellos?”

Una transformación en marcha

Andrea lo hace efectivamente durante las horas en su laboratorio, mientras todos los días atiende llamadas de hospitales de todo el país, a personas de distintas provincias y de otros países como Bolivia. Lo hace también porque cree en esa forma de construcción. «Tenemos que reflexionar, tenemos que ver cuáles son los aprendizajes de esto. Cómo hacer para proyectarlo para el futuro. Yo creo que el desafío es enorme, y que la experiencia es muy valiosa. Haberlo hecho en este contexto tan difícil, tan doloroso, de tanta incertidumbre, porque realmente le pusimos todo a esto, y no fue gratis» –subraya lo que implica el día a día de esta tarea. “Estamos agotados. Mis becarios están agotados y siguen al pie del cañón. Queremos hacerlo y durante todo el proceso, si bien yo dirigí, coordiné el proyecto, todo fue decidido en forma bastante democrática, cosa que es muy atípica, porque yo no les podía pedir a mis becarios que vengan a trabajar sábado y domingo, que se queden un viernes hasta las 10 de la noche. Entonces, cada vez que surgía una propuesta, una colaboración de un hospital, un proyecto, lo decidíamos entre todos: ya sea para estudiar geriátricos, estudiar en el Hospital de Niños, o con la gente de la Facultad de Veterinaria para hacer proyectos que tienen que ver con mascotas. Todos los proyectos que fueron surgiendo los llevé al laboratorio, éramos diez, dijimos ‘queremos hacer esto o no queremos hacer esto’. No fue que yo convencía a nadie de hacer nada, fueron decisiones que se fueron tomando, y esto no es común, porque un jefe toma decisiones y si el becario quiere hacerlo que lo haga y si no quiere hacerlo que no lo haga. Y eso a mí me parece que está bueno replantearlo”, cuenta sobre la forma de trabajo que desarrolla y a la que apuesta. “En algunas cosas, claro que tengo que tomar las decisiones, porque dependen de mí y soy la responsable. Pero en este contexto para mí fue muy pero muy valioso ir caminando todos juntos, ir realmente sumando a la gente que estaba convencida que este era el proyecto en el que querían estar. A nadie se obligó a hacer nada. Los becarios, que son investigadores recontra formados, doctores, pero para mí son los chicos del laboratorio, lo que mostraron es que tienen una capacidad de trabajo enorme, que todo lo que aprendieron estos últimos años con el virus del zika y del dengue, lo aplicaron a esto de una forma impresionante y el fruto está a la vista”.

Andrea se refiere a los logros de un año frenético. “Pudimos desarrollar un kit serológico en dos meses, que en Europa no estaba todavía y nosotros ya lo teníamos acá, y que se pudo usar, y que se está usando y que es útil, que se usó en la villa 31, en el hospital de Clínicas, en La Quiaca y en Tierra del Fuego”, cuenta sobre el test que permitió a la Argentina contar con una herramienta que de otro modo hubiera sido muy onerosa. Una forma de independencia. “Hoy a la mañana tuve reuniones con gente de Salta, de Corrientes, de Formosa, de La Rioja, que están utilizando los kits, que los están usando para distintos proyectos. También colaboramos con estudios clínicos muy importantes y muy rigurosos que se hicieron en el país, muy bien hechos, sobre plasma de convalecientes. Se hicieron dos estudios en Argentina, uno liderado por el hospital Italiano y el segundo liderado por la fundación Infant y nosotros estuvimos trabajando con ellos codo a codo, apoyando esos proyectos, contribuyendo todo nuestro conocimiento y los reactivos. Con el Hospital Italiano estuvimos meses trabajando a diario. Estamos a cuatro cuadras y los becarios iban corriendo de un lado a otro, llevando las muestras para procesar. Fue un proyecto enorme y estoy muy satisfecha, muy muy satisfecha por toda la entrega de todos. Somos muchos los que trabajamos”, cuenta.

Nada de lo hecho queda en el aire. Todo es conocimiento acumulado para seguir haciendo. “Estamos armando un laboratorio independientemente de lo que hicimos hasta ahora dirigido por cuatro jefes del Instituto Leloir para hacer desarrollos diagnósticos a futuro para otras enfermedades que circulan en la Argentina o en la región. Y ese es un desafío nuevo que vamos a tomar. Acabamos de armarlo hace un par de semanas, es un flamante laboratorio. La idea es replicar esto que hicimos para adelante”.

El entusiasmo de Andrea se despliega en múltiples proyectos, como Música por la Ciencia, una propuesta de Clara Cantore que nació como una idea de acompañar a la propia Andrea en las 15 horas diarias de trabajo que le insume encontrar los mecanismos del virus. Si bien las dos primeras canciones estuvieron dedicadas por la música -e invitades- para Andrea y su equipo, luego la investigadora se sumó, y ya grabaron siete canciones, siempre para personas de la ciencia que están contribuyendo en la lucha contra el coronavirus. Andrea graba la dedicatoria con una breve referencia a qué hacen las y los científicos destinatarios de la canción. “Y la idea es justamente esa, usar la música como nexo entre los científicos y la gente. Y explicar qué se hace en los laboratorios, cómo trabajamos, a través de los músicos que nos ayudan a comunicar. Son músicos que se juntan para tocarle a un laboratorio que está trabajando ahora con la pandemia. Y la idea es que esto se multiplique y después seguir trabajando. Queremos transformarlo todo. Y creemos que el arte nos puede ayudar a transformar las formas en que nos comunicamos los científicos con la gente”, cuenta.

El placer de descubrir

A veces a partir de las preguntas, otras con su propia lógica porque Andrea sabe adónde quiere ir, cuál es la idea que quiere transmitir, su pensamiento se despliega de manera generosa. “Es fascinante ver la velocidad con la cual el mundo científico está avanzando en el conocimiento de este virus. De un mes para otro, de pronto, descubrimos procesos o mecanismos virales que permiten entender cómo este virus del que hace un año no sabíamos prácticamente nada, ahora tiene vacunas, hay posibles antivirales, entendemos cómo es la respuesta inmune. Por supuesto que hay muchísimas preguntas, pero para mí es fascinante, es tener esta capacidad de ser flexibles, y de poder avanzar dos pasos y decir nos encontramos con algo nuevo, lo tenemos que sumar a la mochila, y seguir caminando, y dar otro paso, y volver a encontrar algo nuevo, y no quedarse en compartimientos estancos y en estructuras que lo que hacen es no permitirnos actuar en forma inteligente”, despliega cómo están trabajando en tiempo real con este virus. “Hicimos un aporte muy importante en este trabajo que publicamos hace unas semanas sobre cómo es la respuesta inmune contra el coronavirus y ahí aprendimos cosas que hace seis meses, cuando hablábamos con colegas sobre estos descubrimientos, nos decían ‘no puede ser, no puede ser que este virus produzca anticuerpos tan pronto, no puede ser que estos dos tipos de anticuerpos que son los de IgG e IgM aparezcan simultáneamente, no puede ser’… y sí…”, cuenta Andrea sobre el estudio publicado en PLOS Pathogens el 14 de enero pasado.

En sus propias palabras, ese trabajo científico fue realizado con miles de personas que se infectaron en la Argentina: “Con esto aprendimos cómo y cuándo se producen los anticuerpos específicos contra el coronavirus. Fue sorprendente porque esta infección tiene características únicas. Pudimos medir que a la semana del inicio de síntomas el 35 por ciento de las personas desarrollan anticuerpos del tipo IgG, esto es muy temprano. Luego vimos que después de 4 semanas del inicio de síntomas casi todas las personas infectadas, un 95 por ciento, presentan anticuerpos. En este trabajo también estudiamos el subset de anticuerpos que nos protegen de la infección, que se llaman «anticuerpos neutralizantes» y generamos protocolos para poder cuantificarlos. Este fue un trabajo enorme realizado en pocos meses en nuestro país y fue publicado en una revista prestigiosa de Estados Unidos”.

El costo de trabajar con ese nivel de exigencia y despliegue de proyectos es el agotamiento. Andrea lleva dos años sin vacaciones. Tenían previsto viajar con su esposa, como todos los años, a Valizas, en Uruguay, en marzo de 2020. No pudo ser. Tampoco podrá ser este año.

Sin descanso, este fue el año del despliegue de proyectos. “Hicimos muchas cosas en estos meses. Por un lado, todo este desarrollo del kit y toda la aplicación, pero además armamos un laboratorio nuevo, que no existía, para dar apoyo sanitario para hacer vigilancia en geriátricos y hay diez becarios del Conicet e investigadores en forma voluntaria trabajando todos los días en ese proyecto. Que a mí la verdad que me llena de orgullo ver la energía que le pone la gente para estar ahí, y haciendo… a veces se quedan hasta las 9 o 10 de la noche, con los resultados, y ahora ese laboratorio además de hacer el trabajo este de seguimiento de vigilancia de geriátricos, empezamos a trabajar con el ministerio de Salud de provincia de Buenos Aires, para hacer seguimiento de los vacunados y la semana pasada testeamos la muestra de Axel Kicillof”, cuenta sobre algunas de las acciones que desarrollan. El gobernador de Buenos Aires compartió la planilla con la información de sus anticuerpos después de haberse puesto la primera dosis de la Sputnik V, con el logo de Covidar.

El trabajo “es enorme”. Y Andrea subraya una y otra vez: “Yo soy coordinadora de este proyecto donde la verdad que puedo delegar y la gente trabaja con una responsabilidad impresionante. El laboratorio de serología está dirigido por dos personas, que son Andrés Rossi y Anabel Alvarez, que es gente que se tomó este trabajo a pecho y lo están haciendo ellos y lo están coordinando. Y esto es lo rico de este proyecto, que es multidimensional y con un diálogo constante”.

Abrir las puertas

Andrea Gamarnik ganó el premio L’Oreal Unesco de la ciencia por sus investigaciones sobre dengue en 2016. Entonces, y siempre, aprovechó cada minuto de visibilidad para recordar la necesidad de impulsar a las mujeres en la ciencia. En carne propia supo muy pronto que le sería más difícil por ser mujer. “Puedo hablar desde mí, pero puedo hablar desde muchas mujeres. Sí, claro que las mujeres tienen mayores dificultades para acceder a cargos, para poder avanzar en la carrera. Tuve experiencias personales de dificultades. De hecho, mi tesis la hice en un lugar donde, al principio la persona que dirigía el laboratorio no me quiso tomar porque era mujer y no tomaba becarias mujeres. Y en ese momento yo dije ‘bueno me voy a buscar otro lugar’ y al final, después di vueltas, me quedé por ahí, y terminó tomándome un año después. Y yo contenta, porque había accedido al lugar donde quería, pero en ese momento no me planteé decir ‘esto es terrible’. Es terrible que una persona me lo diga en la cara, que no toma becarias mujeres porque se embarazan y después se retrasan los proyectos. Está bien que te estoy hablando de muchos años atrás, pero yo creo que todavía hay muchas dificultades y tenemos que seguir trabajando”, relata sobre su propia experiencia.

Y también rescata lo hecho. “En los últimos años se lograron enormes avances en nuestra sociedad en temas de género. En las instituciones científicas también se instauró el debate de la problemática de género y se comenzaron a reglamentar protocolos de violencia. En el Conicet mismo se han generado mecanismos y reglamentos que ayudan a sortear algunos temas prácticos que tenemos las mujeres en una carrera científica (extensiones de becas y prórrogas de informes por maternidad y otras). Sin embargo, aún hay un largo camino por delante. Las mujeres científicas en puestos de liderazgo o en las posiciones más altas en la carrera del Conicet siguen siendo menos del 30 por ciento”, subraya.

Andrea recuerda que “Dora Barrancos fue una punta de lanza desde el seno del directorio del Conicet y junto con muchas otras colegas se lograron grandes avances”. Cuenta que antes de la pandemia, dentro del Instituto del Conicet que está en el Instituto Leloir, generaron espacios de debate, charlas, seminarios y un protocolo de actuación en violencia de género. “O sea que estamos haciendo un montón de cosas, y creo que hay que seguir en esa dirección. Va a ser un largo camino”, dice y luego, con algo que puede leerse como picardía en la mirada, cuenta: “En el Instituto Leloir hicimos una revolución, porque somos todas mujeres. Todos los cargos de liderazgo: está la directora del Instituto, que es Angeles Zorreguieta, la flamante presidenta que empezó ahora en enero, es Vanesa Gottifredi y la directora del instituto de investigaciones del Conicet soy yo. O sea que todos los cargos directivos de uno de los institutos de ciencia más importantes del país somos mujeres”.

Para ella, justamente, la idea es correrse de la excepción. “Te digo que en el instituto Leloir somos siete mujeres. De 24, 25 puestos. Somos más o menos un 30 por ciento, todas hacen un laburo excelente. Son excelentes científicas. Y la gente joven. Acaba de incorporarse una investigadora, que se llama Daiana Capdevila, que va a ser brillante. Esa piba tiene un potencial… Y va a ser mejor que todas nosotras juntas, porque tiene quien le ayude a hacerse camino también. La idea es esa. Hay muchas científicas en la Argentina muy buenas, y hay que seguir trabajando. Antes de la pandemia hacíamos reuniones, las mujeres del instituto, nos reuníamos una vez por mes a charlar, para ver si necesitábamos algo, y la verdad es que eso genera esa empatía y esas ganas de que nos vaya bien a todas. Tenemos que ocupar los lugares donde tomamos decisiones y porque nos lo merecemos, no porque no hay mujeres ahí y porque hay que poner una mujer”.

Sobre los liderazgos de las mujeres, Andrea los describe, pero también escapa a cualquier esencialismo. “Claramente es una cuestión cultural, pero se repite que las mujeres tenemos algunas características que agregan diversidad y agregan algo diferente porque, por más que seamos iguales, esta cultura nos hizo diferentes. Yo lo que veo es que las mujeres trabajamos más en la comunicación, en pensar que a la gente que trabaja con vos le vaya bien. Tal vez una cuestión de proteger. A lo mejor tiene que ver con que las mujeres tenemos una impronta en este proceso de generar un laboratorio y hacer que un proyecto se desarrolle. Y de hecho creo que muchísimos de los proyectos de covid están dirigidos por mujeres, y hay grupos que son siete, ocho y son todas mujeres. Y la verdad es que eso muestra el compromiso en este momento, que cuando hay que poner el hombro ahí estamos, el compromiso es total”.

Vacunas y después

La pregunta sobre los discursos antivacunas es inevitable, y Andrea la responde con paciencia. “En mi opinión, la gente ya se da cuenta que la única forma de salir de esta pandemia es con una vacunación masiva. No creo que haya muchas personas que se proclamen antivacunas en nuestra sociedad. Hay gente que politiza esta situación, se aprovecha del dolor y la incertidumbre que genera este nuevo virus para sacar ventaja política. Eso es triste porque es evidente que nadie sale solo de esta pandemia”, dice la investigadora, y aprovecha para recordar que “un tema central es que aun desconocemos aspectos muy importantes del virus, de su evolución, de la enfermedad que causa, de la forma de circular en la población. Estamos aprendiendo mientras se transita la pandemia. Tenemos que ser flexibles y adaptarnos a la información que se va generando en el mundo. Es un desafío aceptar que hay mucho que no sabemos y que lo que vamos aprendiendo se va transformando a medida que se acumula nueva información. Para los científicos este es nuestro trabajo constante. Hacer descubrimientos significa equivocarse una y otra vez, avanzar y retroceder. Todo esto lo estamos experimentando día a día ‘en vivo’ a medida que vamos aprendiendo más”.

Cuando la pregunta es sobre la influencia de la forma de producción de alimentos en la aparición de la pandemia de covid-19, Andrea es contundente, y vuelve a su pasión. “El tema global, del ambiente, es un tema crucial para todo el planeta. Y creo que uno de los motivos por los cuales ocurren estos saltos de virus de ambientes selváticos o de animales al humano es justamente la desforestación descontrolada. Yo creo que la forma en que vivimos también gatilla que se generen estas pandemias, que haya virus que el ser humano nunca vería si no se mete en lugares y rompe ecosistemas, y genera este problema”, apunta.

«Uno de los temas centrales del estudio que hacemos con dengue y con zika es justamente estudiar cómo hace el virus para saltar la barrera de una especie a otra. Y de hecho por mucho tiempo, muchos años, estudiamos usando el virus del dengue como modelo, porque como naturalmente pasa de mosquito a humano, la pregunta es cómo hace un virus para poder hacer todo lo que tiene que hacer en un humano y después saltar a un mosquito y hacer lo mismo en el mosquito. Durante mucho tiempo estudiamos eso, y encontramos cosas fascinantes. Ahora no voy a hablar del tema para no hacerla larga porque me pongo a hablar y me emociona contar todas las cosas que descubrimos. Pero lo que sí destaco es que cuando hablábamos del tema, siempre decíamos lo importante que es saber cómo hace un virus para saltar de una especie a la otra. Ahora, el ejemplo del dengue hace evidente por qué es importante estudiar la biología de estos virus y entender cómo evolucionan y cómo hacen para saltar estas barreras biológicas y pasar de un mono, o de un murciélago al ser humano, o de un cerdo, o de un mosquito. Y estos estudios de biología que parece que son alejados de lo que a la gente le interesa, no están alejados para nada. Ahora son muy tangibles, porque evidentemente si uno supiera cómo hacer para evitar que un virus pase de una especie a otra, o predecir qué se necesita para que un virus pase de una especie a otra, podríamos prevenirlo. Eso es biología y evolución, un tema que me apasiona».

Fuente: Página12

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