Filosofía – El humano que lucha: desidia, ideal y otredad

Por José Jatuff – ¿Qué es lo que hace que un humano luche? En uno de sus textos Karl Jaspers afirma que existe un tipo de verdad que se confunde con el humano quien no puede disimularla o ignorarla sin amputarse. Entiendo que esa composición entre el sujeto y la verdad, hace de la verdad un motivo que jala por dentro de tal modo que genera las condiciones de una transformación bifronte: del yo y del mundo. Se puede pensar inmediatamente en los grandes ideales que han tenido el efecto de reunir las energías individuales y colectivas. Seres que podrían haber sido pequeños, implicados en esta lógica, hicieron grandes cosas. Sería difícil pensar el cambio social e individual sin la concurrencia de tales ideales (v.g. justicia, libertad, bondad, ideal de vida, etc.). Estos, a su vez, no se donan por azar –quizá habría que exceptuar el don soberano de la gracia protestante–sino que, en cuanto que son un tipo particular de verdad, viene provista de un conjunto de estrictas reglas de acceso.

Rescatando a la tradición clásica, Foucault aborda las experiencias a través de las cuales el sujeto realiza sobre sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad. No se puede, afirma, acceder a la verdad sin una conversión y esta se realiza a través del impulso del eros, del amor, y por medio del trabajo que el sujeto realiza sobre sí mismo.Todo esto quiere decir que la relación con la verdad lleva a un modo distinto de vida. No es casualidad que la mecánica descripta posea un dejo religioso. Al parecer, los principios prácticos que rigen el acceso a la verdad se deslizan desde el mundo griego hasta el mundo cristiano no sin variaciones. En otro de sus textos plantea, en una nota al pie, algo de lo más sugestivo: en las formas de conducir el alma propia del poder pastoral incluye el pastoreado de la izquierda del partido comunista, señalando de alguna manera la siguiente cuestión: ¿qué operaciones debe maniobrar el sujeto sobre sí para constituirse en un militante de izquierda? Hablando con un amigo me contó que, en el punto álgido de la militancia de la segunda mitad de los sesentas en adelante, dormir con tu compañera/o y no tener relaciones amorosas, constituía un acto político.

A su vez, desde una perspectiva antropológica amplia, puede afirmarse que forma parte de muchas culturas humanas el llevar adelante un conjunto de técnicas individuales y colectivas para acceder a verdades que habilitan un arco de acciones posibles que, por diferentes que sean, van más allá del estrecho interés egoísta; hacia lo distante, futuro y colectivo.

La pregunta que surge hoy es: ¿Cómo se podría describir esta relación con la verdad y los ideales que definen el compromiso y dan forma a la superación del interés egoístas en un horizonte en donde la misma noción de verdad ha sido radicalmente puesta en duda? Es como si el objeto del amor se desvaneciese.  Ya para mitad del siglo XIX el diletantismo, la vanidad y el cinismo se asomaban como efectos palpables de la muerte de dios. La pregunta ahora sería ¿existe la posibilidad del compromiso sin la demanda de la verdad-ideal?

Foucault es consciente de la imposibilidad del anclaje de la transformación de uno mismo en un paisaje amplio que implique un sentido y una verdad ideal univoca y su apuesta es por una estética de la existencia. Es decir, por la creación de uno mismo como modo efectivo de ejercer la libertad en el marco de juego instituido por distintas relaciones de poder, más o menos estratificadas. Pierre Hadot, que compartió parte de estas inquietudes, en una entrevista afirma que su diferencia con Foucault está en la lectura que hacen de los antiguos. En su opinión, no se pueda hablar en la antigüedad de una creación del yo, sino, más bien, de un ir más allá del yo, hacia el cosmos o la humanidad en su totalidad. O sea que se trataría de una superación del yo en función de lo distante, futuro y colectivo. Foucault escamotea este aspecto porque tiene razones filosóficas para hacerlo y Hadot lo subraya, por lo mismo. Y si el riego de la estética de la existencia es la glotonería, el de la superación del yo en función de la totalidad, es la rehabilitación reaccionaria de un horizonte perimido. 

En uno de sus textos James afirma que cuando creemos que existen ideales infinitos estos nos reclaman de un modo penetrante, devastador y trágicamente urgente. Su llamada es como el grito de Víctor Hugo, «que habla al precipicio y que el abismo escucha». Se despierta entonces un ánimo que se eleva por encima de las pequeñeces del cálculo y la ganancia. James deja de lado la realidad objetiva de la verdad, para explorar sus efectos psicológicos. Afirma, “en un mundo sin ideales infinitos también existe la fidelidad y el compromiso”. En realidad, es porque el valor del mundo depende de nuestros sentimientos (eros, de nuevo) que los ideales infinitos o la verdad pueden despertar tales arrebatos. En cuanto existan tales sentimientos, la tensión y el compromiso siguen siendo posible. De nuevo James, “si desaparecieran de este universo todas las demás cosas, dioses y hombres y cielos estrellados, hasta que no quedara más que una roca y sobre ellas las almas de dos enamorados, dicha roca poseería una constitución moral tan completa como cualquier mundo que pudieran contener las eternidades y las inmensidades”. La roca sin los amantes es la muerte del compromiso. Esto quiere decir que sobrevive una escala jerárquica construida por las demandas de seres que, en su reclamo, configuran una obligación. Demanda y obligación son de hecho, términos coextendidos, el uno cubre exactamente al otro.¿Qué sería de la política sin la percepción de esos rostros expectantes que reclaman algún tipo de restitución? El rostro del otro en el lugar del dios muerto. Así las cosas, en un horizonte sin verdades, lo que debiera generar la tensión y el compromiso es la menesterosa necesidad del otro; sin embargo, somos particularmente ciegos y toleramos bastante bien su pena y su muerte. Ser pobre, dice Juan Grabois, “es prender la luz uniendo cables, es hacer tus necesidades en un pozo cavado con tu pala, es morir incendiado porque usas brasas para calentarte”. Sin embargo, como alguna vez dijo Hume y la experiencia así lo atestigua, solo sentimos nuestras propias demandas y, con viento a favor, las de los propios. Con lo cual, en esta instancia, se trataría de recuperar o montar técnicas que nos permitan reconocer al otro en toda su dimensión, comprendiendo que lo que se gana en términos de penetración de la mirada, implica la configuración del compromiso. Una vez más, quizá se trata de aprender a amar. Se me ocurre esta última pregunta ¿No será la propia vulnerabilidad un acceso posible al compromiso político? 

Jose Jatuff – Docente de la ¨catedra de filosofia de la UNLaR Inestigador en Centro de Investigaciones – FFyH UNC

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