Filosofía – Enclaustramiento y punto de fuga

Por José JatuffEn el libro I de La Política de Aristóteles, que siempre recuerdo dado a que lo leemos con mis estudiantes, se distingue entre vivir y vivir bien, y lo segundo, aparece cómo el fin de la comunidad política. Sin embargo, con la pandemia, la vida en su sentido más llano, se ha vuelto el centro de la política.

A partir de esta situación se necesita de modo acuciante la presencia de un gobierno que vaya, por lo menos en algún sentido, más allá de la lógica de la acumulación. Si las instituciones políticas son más o menos comisiones de intereses económicos, es una cuestión álgida y depende, si nuestro planteo no es radical, del modelo de país del gobierno de turno.

Supongo que la pandemia viene dejando como saldo el consenso de que es necesario un Estado presente y la importancia de tener un sistema de salud pública. Si pudiésemos conservar allí un consenso, el dolor, como en las experiencias individuales, sería un educador. Sin embargo, no se trata tan solo de sostener la bandera del Estado, sino de repensarlo hasta en sus resortes mínimos a fin de volverlo cada vez más democrático. En La Rioja, cada vez estoy más convencido de que gran parte de los vínculos sociales mejorarían con un mayor nivel de institucionalidad que podría lograrse encendiendo a las bases populares para que establezcan demandas.  Porque un discurso que sostenga una presencia fuerte del Estado, debe ir acompañado de un critica de sus dispositivos institucionales de poder y de un desenmascaramiento de sus segmentos violentos. La desaparición de Facundo Astudillo Castro también se relaciona a una presencia fuerte del Estado y aunque el señalamiento intelectual sirva, la demanda, para ser efectiva, debe ser social (de grupos sociales politizados).  

Hace poco leí una entrevista–de tono pesimista– a un intelectual italiano en donde se sostiene que el poder real se encuentra en la economía, y que frente a ella es muy poco o nada lo que pueden hacer los Estados que se atreven a exhibir rasgos autónomos e igualitarios.

O son asediados con nuevas modalidades de golpes de estado, o capturados a través de deudas multimillonarias. Latinoamérica conoce todas las gradaciones que cabrían entre uno y otro modo de asecho. Sin embargo, esta perspectiva, que algo de razón tiene, deja sin efecto la acción política y, por lo tanto, no se ve en su horizonte mucho más que la vida recostada sobre los mercados. Alguna vez dijo James de Renan: el mejor de los seres humanos no puede ser el que en tiempos de crisis solo pueda ofrecer sutiles distinciones descomprometidas.

Son innumerables las consecuencias negativas que se han señalado sobre una vida abandonada a dicha lógica, sin embargo, una resulta hoy relevante. No hace mucho escuché a un intelectual, esta vez latinoamericano, decir que la naturaleza se defendía con la pandemia. Semejante afirmación genera todo tipo de dudas. Por casualidad, leía para el mismo momento al maravilloso Emerson, quien, a pesar de su anti-positivismo y de su “religiosidad” singular, guarda silencio en lo tocante a si la naturaleza es consciente de sí o si tiene alguna intención. La afirmación “la naturaleza se está defendiendo” parece un tanto mágica, sin embargo, hay un sentido en que podría ser atinada.

El constante avance de la vida humana sobre la vida silvestre genera toda una serie de desequilibrios evolutivos que, en efecto, garantizan la vida. Según la hipótesis de expertos, este tipo de transgresiones es lo que generó las ultimas epidemias. Una especie –como la del murciélago que habría transmitido el virus– alberga inmune, muchos otros virus de este tipo y así también lo hacen otras especies. Con lo cual, es lógico pensar que, en la medida en que la rueda del capitalismo avance sobre el medioambiente, nos veremos envueltos en nuevas crisis como la actual. Por ello, la vacuna es y no es una solución, o para decirlo con una expresión conocida, es un arma de doble filo. Porque si bien es, en sentido estricto, necesaria, conlleva el riesgo de constituirse en una cosmética del problema mundial.

Es esta dimensión mundial de la epidemia, creo, lo que le confiere uno de sus rasgos singulares como crisis. No me refiero ahora a sus causas sino a su morfología. Independientemente de que no soportemos más el bloqueo y el enclaustramiento, no tenemos punto de fuga, no hay un afuera del mundo, ni existe lo otro de la pandemia. La constante apelación a una supuesta post- pandemia denota la necesidad de apertura. La presión del encierro, violenta nuestra psiquis que, como puede adivinarse, busca una descarga. Tuvimos la oportunidad de ver la peor experiencia de catarsis en la movilización anti-cuarentena pasada. Constituida a partir de los elementos sociales más heterogéneos tomó la calle sin un discurso aglutinante que le dé sentido y aunque esto haga difícil su clasificación, lo que logro advertir podría llamarse fascismo desarticulado. No es casualidad que el odio a la igualdad, que es una forma de odio al débil, se encuentre en aquellos sujetos incapaces de autogobernase. El autogobierno, el cuidado de uno mismo, implica el trabajo sobre tal tipo de pulsiones y lo que se ha revelado en esta descarga fascista, desarticulada y catártica, puede servir para tomarle el pulso a parte de lo que somos. Hippolyte Taine inaugura el método patológico al advertir que la observación de un órgano descompuesto nos brinda las mayores posibilidades de conocer a uno sano o normal.

Pero es justo la normalidad que, sin llegar al delirio venenoso, parece haber caído en un estado de negación, o peor aún, de egoísmo radical. En los inicios de la cuarentena brotó una suerte de solidaridad épica vinculada a la narrativa del enemigo invisible, pero en la media en que la sofocación creció, amplios sectores sociales buscaron reestablecer sus vidas normales. Es como si el show debiese continuar a pesar de los muertos que deje en el camino. Esto deja bien claro el vinculo que hay entre lo que he denominado fascismo desarticulado y la indolencia de quien quiere aferrarse a sus hábitos a pesar de todo. Entre los apotegmas trastornados de los anti- cuarentena de Argentina, Madrid y Berlín y la frase “la cuarentena de Quintela no sirve para nada, yo voy a hacer lo que quiero” que escuché no hace mucho, hay un enlace sanguíneo. Sin señalar la falta de solidaridad, lo “irracional” de todo esto queda explicitado en el corto alcance de tal disposición, dado que los muertos, no serán solo los extraños, sino también, los íntimos.  

Esto nos habla, también, de un mecanismo de negación. Sin una buena dosis de ella, quizá la vida no sería posible, sin embargo, siempre está en riesgo de desbocarse y generar una expresión peligrosa. Así las cosas, la negación posibilita o arriesga la vida según el grado que asuma. Es notable como en este caso ha inhibido al miedo que, en su condición básica y biológica, es un componente evolutivo cuya función primordial es la de conservar la vida. Por supuesto que, desde el punto de vista de una vida plena, el miedo ha sido combatido tanto por las religiones como por las terapias seculares. Sin embargo, y haciendo que estos apuntes sean orbiculares, con la pandemia, la vida, en su sentido más llano, se ha vuelto el centro del asunto y no es momento de andar tranquilo.  En el mejor de los escenarios, luego de la vacuna, la mitad de los argentinos será pobre.

José Jatuff – Docente de la cátedra de Filosofía de la UNLaR Investigador en el Centro de Investigaciones – FFyH UNC

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