Filosofía – Miedo global al virus de la corona

Por Emilio Iosa – Vivimos en un mundo en el que resulta por ahora mucho más probable chocar de frente contra una bala o morir de inanición, que contraer coronavirus.Los análisis sanitarios nunca están exentos de ideología, aunque la imagen pura, blanca y aséptica del barbijo, del guardapolvo y del estetoscopio, se esfuercen sistemáticamente en intentar demostrar lo contrario.

Las comparaciones con otras enfermedades o epidemias “no nos sirven” gritan muchos políticos y muchos sanitaristas. Yo creo férreamente en que las comparaciones siempre han sido de utilidad y lo seguirán siendo. Nos permiten obtener parámetros desde dónde mensurar la realidad y desde ahí repensar nuestros modos de vida y tomar algunas decisiones. En este caso, no estrictamente sanitarias, tal vez, sino más bien relacionadas a nuestras fantasías de progreso y a nuestros imaginarios sobre un estado de bienestar que se torna cada vez más difuso y contradictorio.

Cerca de mil personas mueren por día en relación a la violencia con armas de fuego a nivel mundial, fuera de situaciones de guerra. Es decir, que desde que comenzó la pandemia, el plomo impulsado por un rudimentario mecanismo de ignición, le estaría peleando cabeza a cabeza, al ADN encapsulado de esta última versión de coronavirus. Sin embargo ninguno de nosotros le teme a eso. Y aunque el hambre no sea contagioso, más de tres millones de niños menores de cinco años mueren anualmente mientras corremos a comprar barbijos y contemplamos nuestro propio egoísmo en cientos de millones de pantallitas. Tres millones de niños por año significan, en números puros y duros, algo así como 350 niños muertos por hora. Jamás ningún virus en la historia de la humanidad ha tenido una letalidad tan persistente como el hambre. Sin embargo, nadie ha parado ninguna fábrica ni ha suspendido ningún recital por eso.La primera causa de muerte infecciosa a nivel mundial es la tuberculosis. Y aunque suene bizarro leerlo, también es una enfermedad pulmonar contagiosa, que no solo es prevenible sino curable. En el año 2016 se estima que murieron 1,7 millones de personas debido a la tuberculosis y hubo 10,4 millones de nuevos casos, de los cuales, casi medio millón eran de tuberculosis multirresistente (MR).Pero la tuberculosis no viaja en crucero ni se mueve en avión, sino que prefiere mantenerse al margen de la fama mundial. Ataca a ese otro mundo olvidado, invisibilizado (en general de piel morena, pobre, indígena, inmigrante, marginado y hacinado), que no usa tarjeta de crédito y que no nos preocupa, sencillamente porque no existe, más que para quienes forman parte de él. Creo que la tuberculosis nunca será una vedette en este mundo, como tampoco la leishmaniasis, por ello sobrevivirá en el sótano de las pandemias soterradas. Esas pandemias que al no generar miedo, existen, sobreviven y se atrincheran escondidas tras la indiferencia y tras de la palabra “endemia” (del griego endemos, propio de un territorio o proceso patológico que se mantiene de forma estacionaria en una población o espacio determinado durante períodos de tiempo prolongados).

Este pequeño escrito no intenta minimizar esta enfermedad en absoluto, sino colocarla en el banquillo de una humanidad que es capaz de mucho más que de vivir atemorizada. El miedo es aquí y ahora la gran pandemia de nuestro tiempo. Y el problema no es que viaje en la cartera de la dama o en el bolsillo del caballero. El miedo está en el interior de cada persona y es mucho más contagioso y más virulento que un triste virus.

La corona necesita de una humanidad atemorizada, paralizada por el miedo. Una humanidad egoísta y consumiendo lo que sea que esté consumiendo. La muerte no es evitable, pero el miedo sí. ¿Qué nos asusta realmente? ¿Qué nos paraliza? Pienso que esta pandemia mediatizada nos puede hacer enloquecer, pero también reflexionar, con cierta lucidez hija de la necesidad, sobre nuestro modo de vida.The LitlleBoy y The FatMan, (el niño pequeño y el hombre gordo) las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre las ciudades de Nagasaki e Hiroshima, hicieron desaparecer de la faz de la tierra en minutos el doble de la cantidad de gente que este virus en varios meses… ¿Cómo olvidarque ese es nuestro mundo? ¿Cómo no intentar aprovechar esta pequeña turbulencia sanitaria, para repensar el estado, las prioridades logísticas y científicas, los modos de producción, la accesibilidad de alimentos libres de venenos, el uso de energías limpias, la disponibilidad de la basura, nuestros modos de consumo?

Eso puede liberarnos del miedo y encender la imaginación y la creatividad sobre otro mundo posible. Y estoy seguro que eso le aterroriza a la corona.

Emilio Iosa

Bibliografía

The Global Burden of Disease 2016 Injury Collaborators. Global Mortality From Firearms, 1990-2016. JAMA. 2018;320(8):792–814. doi:10.1001/jama.2018.10060

https://www.msf.org.ar/conocenos/enfermedades/desnutricion

Dejar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí