«Gracias a Evita soy riojano»

Foto ilustrativa

Por Delfor Pocho Brizuela – «Gracias a Evita soy riojano», me dijo un amigo entrañable. En realidad era la conclusión de una emotiva historia, relatada hace unos años en un encuentro familiar, por su padre: Don Aldo, con 91 años a cuesta.

En ese mediodia templado y soleado, en un rapto de memoria, Don Aldo contó con una recia ternura algo inmensamente conmovedor.

La historia remontaba a 1948. El era un muchacho de 19 años. Vivia con su «mamita» – asi hablaba de su madre y le brilllaban los ojos- en un pueblito agricola del noroeste cordobés.

Lo habia empleado de cadete, el almacenero de ramos generales de ese apasible y pequeño lugar.

Un dia, como de vez en cuando debia hacer, va a la estafeta a retirar correspondencia para sus patrones y encuentra una carta para él. Se sorprende, pues no tenia nadie que pudiera escribirle.

Con curiosidad abre el sobre y se da con una nota oficial, notificándolo e indicándole que se presente en Ferrocarriles de la ciudad mas cercana.

Intrigado y confundido, al encontrarse con su mamá le pregunta: «Mamita, miré lo que llegó, mostrándo la carta. Yo no escribí a nadie, ni pedí nada».

Su madre, seguramente con una mueca de satisfacción, y algo de sorpresa, ante el hecho inesperado, le confesó: «Hijo, yo escribí a Evita pidiendole un trabajo para vos, y le conté que eras el único hijo y que en este pago no ibas a tener futuro para abrirte camino en la vida. Esas letras las hice para probar suerte, aunque me habian dicho que Evita respondía y cumplía. Y cumplió.

El joven aldo fué a la ciudad y le indicaron que su puesto en el Ferrocarril era en La Rioja.

Dejó el bucólico y verde territorio agrícola cordobés para internarse en la aventura del trabajo y la dignidad en la aridez del llano riojano, recorriendo esas vias polvorientas hasta la capital riojana.

Alli llegó con sus cositas e ilusiones.

En la oficina de ferrocarriles de la estación le asignaron su nuevo trabajo.

La vida fluye, como siempre sucede, familia, hijxs, relaciones, hogar, querencia.

Mi amigo es un vástago, de ese joven que encontró en su mamita y Evita, la sabia y tierna complicidad para existir.

Es la complicidad y habilidad del amor y la justicia social, de esa terca y maravillosa mujer, Evita, que sigue semillando humanidad y vida.

Mi amigo es una semilla como tantas, y su anciano padre un agradecido, que en aquella jornada de encuentro me encendió la llama de la emoción y la admiración a la inmortal Evita.

Pocho Brizuela

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