Hilda Aguirre, el aborto y la parresía

Por José Jatuff – Sin relieves la vida aparece condenada a la repetición y la medianía. En tal circularidad, lo que se logra es la conservación de cierto estado de cosas. Para que un estado de cosas deje de repetirse hace falta un acontecimiento. El acontecimiento no solo se presenta como algo nuevo si no como lo otro de tal dinámica. En este sentido, el discurso de Hilda Aguirre de Soria es lo otro del típico discurso político riojano. Mantengámonos en el ámbito de los discursos y preguntémonos ¿Cómo suele ser un discurso político a la riojana? En primer lugar, se podría decir que es condescendiente, no enuncia postulando una relación de igualdad.

En muchas ocasiones, y ante el abuso de los diminutivos, se tiene la impresión de que es un lenguaje dirigido a niños. En el contenido, además, se suele advertir un juego de espejos en donde lo enunciado no busca manifestar una verdad independiente, sino que refleja más bien, lo que el político entiende que el pueblo un poco quiere y un poco necesita escuchar. Esto, por supuesto, está cargado de una buena dosis de flexibilidad y cinismo, pues se sostiene algo que en realidad no se cree. Además, y esto sea quizá un punto clave, toda esta lógica se inscribe en la de la rentabilidad electoral. Es decir, tanto lo “que” se dice como el “cómo” se lo dice busca, en términos generales, establecer un pacto con la audiencia entendida como electorado. Un pacto que, por supuesto, busca la conservación y el aumento del poder del político y no del pueblo. Como afirma el sofista Trasímaco en una sugerente imagen, el pastor cuida de las ovejas para su propio beneficio. Esto se advierte con tal claridad que la mayoría de las veces los discursos resultan vacuos y empalagosos.

Todo esto es lo que viene a poner en crisis el discurso de Hilda Aguirre. Detengámonos. Comienza con el relato de una conversación en una verdulería sobre la práctica de un aborto clandestino de un embarazo fruto del abuso del tío sanguíneo por parte de madre de una menor. Es sabido que gran parte de los abusos a menores son intrafamiliares. Uno de los puntos fuertes del argumento a favor de la Ley de educación sexual es el conocimiento de esta realidad. Además, no es casualidad de que se haya comenzado con un relato. Contar una historia siempre nos pone en situación, nos remite de inmediato a la singularidad del caso en donde se puede apreciar intuitivamente la relevancia de lo que se habla. En última instancia, se sigue del relato que el aborto no regulado es un castigo sobre la condición de mujer y un asunto de vida o muerte. Que tal asunto sea tratado con una sonrisa socarrona por parte de un profesional de la salud eriza la piel. Señalar el doble estándar que la corporación medica pone en práctica a través de la explicitación de lo que hay detrás de la facturación de las hernias de hiato, retoma lo mejor de la crítica de las costumbres y posee una potencia disruptiva pocas veces vista en nuestros discursos políticos. Frente a este  ejercicio de desenmascaramiento hay que analizar la respuesta del Colegio Médico La Rioja[2].

El discurso de Hilda Aguirre, luego de poner el asunto en su lugar mediante un relato (que no es ninguna experiencia personal, sino lo singular de la existencia que dialoga con una situación general) y haber ejercido la critica de una práctica hipócrita, agrega la fortaleza del dato: en una investigación realizada por la organización “Chicas poderosas” financiada por la ONU, se registra que en La Rioja en el 2020 aumentaron un 80 % la interrupción voluntaria de embarazos. Estas son las coordenadas que establecen su discurso y el lugar desde donde, en tanto que sujeto personal y político, deberá decidir. 

Michel Foucault imparte en 1982 una serie de conferencias en el Collège de France dedicadas al tipo de gobierno que el sujeto realiza sobre sí mismo. En ellas aparece un concepto ligado a la relación filosófica que se da entre el maestro y el discípulo. Este concepto es el de parresía y en el vocabulario del gobierno de sí es un término técnico con múltiples matices. Cabe retomar algunos de ellos en nuestro contexto. Afirma el crítico francés: “Parresía etimológicamente significa decirlo todo. La parresía lo dice todo; no obstante, no significa exactamente decirlo todo, sino más bien la franqueza, la libertad, la apertura que hacen que se diga lo que hay que decir, cómo se quiere decir, cuándo se quiere decir y bajo la forma que se considera necesaria”. En la antigüedad, nos dice, se da una tensión entre la adulación y la retórica, por un lado, y la parresía, por el otro. Mientras que los dos primeros tipos de discursos esconden un interés, en la parresía el propio bienestar se pone en riesgo. La adulación y la retórica son una forma de manipulación, el discurso de la parresía establece una doble relación para con el que enuncia y el que escucha. Tiene por finalidad que aquél a quien está dirigido establezca consigo mismo una relación plena y soberana y equivale, desde el punto de vista del sujeto de la enunciación, a un compromiso.

A pesar de las diferencias, se puede pensar en un enfrentamiento análogo entre el grueso de los discursos políticos riojanos y el de Hilda Aguirre. En el contexto de la investigación de Foucault, la parresía está en relación al éthos del director de conciencia, pero estaríamos habilitados a exigir una ética de la enunciación política que favorezca la soberanía y la fortaleza del pueblo. La veracidad tiene un precio que no siempre se está dispuesto a pagar. Entonces la pregunta es ¿Por qué pagar el precio, porque arriesgarse? Por la sencilla razón de que lo que se debe decir y hacer no puede ser solapado. Es decir, con seguridad se podría arriesgar la hipótesis de que por lo menos hay alguno de los otros legisladores riojanos que está de acuerdo con la ley pero que entiende que no le conviene acompañarla. Para lograr una ética del discurso político que supere la propia conveniencia debe haber una relación con la verdad. No es necesario caer aquí en el tópico de que los feminismos constituyen el movimiento de transformación más vivo de la actualidad, sin embargo, a nadie se le debe escapar que el discurso más veraz de los últimos tiempos de la política riojana lo ha dicho una mujer en relación a una lucha encabezada por los feminismos.

Por último, hay algo que subrayar, Hilda Aguirre se confiesa católica y sabe que su voto va en contra del catecismo de tal Iglesia. A su vez, la contradicción es de doble naturaleza: interna (con el dogma) y externa (con un amplio sector social– muchos profesan la misma fe). Desde este lugar difícil es que decide. Pero el asunto es que hace tiempo que ya no se puede decidir casi nada importante sino desde un lugar complejo y contradictorio. Quizá nunca se pudo. Buscar adecuarse en toda circunstancia a un dogma único resulta, en la mayoría de los casos, el aniquilamiento de lo diferente. Por ello, es mejor acostumbrarse a vivir en la incomodidad propia del tiempo que nos tocó vivir.

Al discurso le sigue la acción, Hilda Aguirre “dijo” lo que tenía que decir y luego hizo lo que debía hacer. Tal coherencia es un presupuesto básico de la parresía y lo que debe quedar claro como lección es que la política puede ser ética y veraz, que no hace falta tratar a los riojanos como a idiotas y que existe la posibilidad de abrir nuevos horizontes. Cada político que avanza hacia el poder en La Rioja dice ser la nueva política. Este discurso y su acción, el riesgo que asume y la relación con la verdad que encarna, marcan la dirección de algo nuevo. Es difícil, es imposible sin perdidas, pero acaba de suceder…

[1]


[2]https://www.facebook.com/colegiomedicolariojaoficial/posts/1720027498172437

Jose Jatuff – Docente de la ¨catedra de filosofia de la UNLaR Ines

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