Homenaje a Victor Basterra

Por Juan Argeo Rojo – Jorge L. Borges y el juicio a los “Comandantes de las Torturas y de los crímenes”.

VÍCTOR BASTERRA, fallecido el 7 de noviembre del corriente año, fué un testigo clave en los juicios de la verdad. Es el hombre que fotografió para conformar un archivo de imágenes secreto durante su cautiverio y convertirlo en prueba fundamental desde el Juicio a las Juntas, hasta los que se desarrollaron después. Fué miembro del Consejo Directivo del Instituto Espacio para la Memoria y un militante activo por los derechos humanos. Su testimonio conmovió a Jorge Luis Borges a tal punto que al salir de la audiencia expresó: “Siento que he salido del Infierno” Más tarde, en una nota publicada por la agencia EFE pudo leerse el siguiente texto de Borges

“Lunes 22 de julio de 1985
“He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Y esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico.

Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad; casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día.

Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden en sus demonios, el mártir con que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.

“De las muchas cosas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca.

“No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubierto y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de sí mismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

“¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse; de algún modo, en su cómplice.

“Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y  prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus opresores de ayer.”

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