Invitación a las humanidades

Por José Jatuff – Se acerca fin de año y muchos se preguntarán que estudiar. Desde el punto de vista de la movilidad social se supone que la universidad es una institución que brinda un título que permite una mejor inserción en el mundo del trabajo. En tal sentido, aunque es evidente que algunas “profesiones” brindan mayor redito económico que otras, cualquiera de las carreras dependiente de los distintos departamentos académicos universitarios, brindan esta herramienta. Pero, aunque la universidad pueda pensarse como el espacio en donde se adquiere un conocimiento acotado a la especialidad y la profesionalización, también puede pensarse, estimo, como un periodo de la vida en el cual la exploración de lo posible y la formación son predominantes.

Deodoro Roca, ensayista y referente de la reforma universitaria de 1918 que orientó a las universidades de Latinoamérica hacia la autonomía política, la laicidad y el conocimiento científico, afirma en 1918: “pienso que en las universidades está el secreto de las grandes transformaciones. Ir a nuestras universidades a vivir, no a pasar por ellas… al espíritu de la Nación lo hará el espíritu de la universidad…” La dicotomía que encontramos aquí entre “vivir la universidad” y un mero “pasar por ella” contrapone dos sentidos distintos de educación. Uno ligado al cálculo instrumental y la ganancia, en donde se cumple con un protocolo con el único fin de obtener un título, y otro, ligado a la formación en sentido integro, en donde se aprende arriesgando, explorando e imaginando. Este segundo sentido es el espíritu que Deodoro Roca imaginó en una primera instancias como motor de la transformación social y es, estimamos, lo que predomina en el estudio de las humanidades. Pero ¿Por qué?
Demos cuenta de un dato psicológico básico como lo expone William James. El mundo humano es un mundo jerarquizado en donde algunas cosas y personas valen más que otras. Si nos preguntamos cual es la fuente de la jerarquización del mundo nos encontraremos que se encuentra en nuestro sócalo afectivo.

La relación “ser mejor que”, escribe James en 1891, nace en el compromiso emocional que tenemos para con lo que queremos. Por tal razón, aunque por un lado pareciera ser verdad que todos los perros tienen un mismo valor, mi perro es para mí mucho más valioso que el resto de los perros. Si extendemos este principio, nos encontramos con dos conclusiones: 1- por un lado, sentimos desde adentro aquello que es valioso para nosotros y 2- somos particularmente ciegos frente a los compromisos de los demás. Debemos notar que nuestra bien conocida incapacidad para comprender lo que es valioso para el otro se encuentra en que no podemos “ver” su vida interior.


A este factor inevitable, se le suma la extensión de la lógica utilitarista, no en el estricto campo de la economía, sino en el conjunto de las relaciones humanas. La lógica utilitarista, dice Martha Nussbaum en un bello artículo de 1998 titulado Justicia poética, presupone un tipo de individuo-célula cuya función racional básica es maximizar su ganancia y su beneficio. Independientemente de que sepamos que tal antropología es insostenible y que la acción humana y el interés a veces van de la mano y otras, se extravían por completo, tal modo de ver las cosas legitima una disposición en la cual la comprensión del otro y su vida interior es vista como una perdida. La fuente de esta perspectiva es histórica y compleja, no cabe resumirla aquí, pero si llamarla neoliberal y señalar que, desde un punto de vista social y público, dicha racionalidad solo lleva a la desigualdad y a la indiferencia.


Entonces, a la incapacidad general de no poder ver la compleja motivación que tensa la existencia del otro, se le suma la lógica de la utilidad, en donde dicha capacidad, lejos de ser evocada, se la considera un estorbo improductivo. En contraposición, creemos que el estudio de las humanidades disminuye la ceguera que tenemos para captar la compleja singularidad del otro y desarticula la lógica monolítica del interés al mostrar los miles de matices que se revelan en los sueños, deseos y esperanzas entretejidos los más variados tiempos y culturas. Supongamos que estudiamos historia de la india y nos encontremos con un conjunto estricto y muy reglado de prácticas sexuales que fueron vividas con total naturalidad pero que son completamente distintas a las nuestras. O supongamos que estudiamos religiones, y nos enteramos que en los distintos movimientos de las nuevas espiritualidades o New Age, como suele llamárseles, encontramos en gran medida, los elementos de la religión que profesamos. O, que estudiamos literatura y seguimos al detalle las vicisitudes del personaje de una gran novela, cuyas luchas singulares ancladas en su medio leemos con pasión y preocupación.


En estos tres ejemplos citados podemos ver un tipo de conocimiento dinámico y dialectico que oscila entre la identificación y la diferencia. Nos identificamos porque, por más extraño que sea el fenómeno humano que abordamos, nunca es tan extraño como para no captar alguna de sus motivaciones. Pero a su vez, nunca dejamos de percibir su otredad que, en cuanto tal, demanda una revisión de las propias creencias. Este dialogo que se da entre lo que a todos nos atraviesa y la singularidad de cada caso que apenas comprendemos, nos afecta como sujetos y es una de las características más notorias del estudio de las humanidades. Por supuesto, se puede estudiar humanidades como una profesión más y en gran medida las exigencias sociales y de trabajo llevan cada vez más todo hacia ese lugar. Pero en la medida en que se la estudie “solo” con ese fin, es inevitable la traición de lo que le es propio y también cierta mediocridad. No es del todo claro que significa ser humano, pero de seguro no se reduce a ser profesional. En cambio, el cultivo de una perspectiva que incluya la singularidad del otro no solo nos vuelve más complejos y matizados a la hora de juzgar el mundo, sino que es un bien social. Esto quiere decir que, desde una verdadera comprensión lograda en una dinámica de identificación y diferencia con el otro, se genera una disposición cuyo arco de acciones posibles van en la dirección de la solidaridad y la justicia. Porque ¿qué puede motivar la solidaridad y la justicia sino la comprensión? Es cierto que la travesía es difícil y sinuosa, que ni el arte, ni la historia, ni la filosofía son garantía de nada. Personalmente podría perderme entre mis cosas como en el opio si no fuese por la espina que siempre, siempre me incomoda. Yo sería feliz con mi vida privada si no fuese por la injusticia. La injusticia, que es sufrimiento y demanda de restitución, rompe el velo de belleza que pongo sobre las cosas. Solo con el tiempo he llegado a percibirla y sin un trato con las humanidades, quizá no la hubiera visto nunca.

Jose Jatuff – Docente de la ¨catedra de filosofia de la UNLaR Inestigador en Centro de Investigaciones – FFyH UNC

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