La mesa de los sueños XVII – En un bosque, nacen utopías de las buenas

Por Hugo Doliani – Cuando un niño entró al bosque de los sueños, creyó que todo era posible. Crecer como el árbol más alto, filtrar la luz del sol en rayos que se movían al ritmo de sus pasos, para dibujar abstractos como Miró, o transformar el paisaje como un impresionista, aunque él nada sabía de arte, pero iba aprendiendo. La magia del bosque lo hacía cantar como los pájaros, entre un aroma diferente al de las flores de su jardín, diría que en libertad es diferente cuando no tienen los límites de las macetas. Había ríos, mares y hasta un trencito lo cruzaba. En ese extenso y fresco bosque, el niño se sentía pájaro y hasta estaba seguro de poder volar, pero había tanto para ver que aún no tenía la necesidad de alejarse, entonces no lo había intentado. Ya llegaría la necesidad de volar, pero faltaban muchos colores aún, no era hora de utopías

El recurso tan abusado del despertarse del sueño en un cuento, no era éste el caso de esa mañana, porque mi vida no salía de la pluma de ningún escritor, y era mi propio despertar adulto de aquel día, lejos de cualquier cuento. 

Todo tenía sentido, yo había nacido y crecido frente a la Agronomía en el Barrio Rawson y cuando se es pequeño, los alrededores se agigantan hasta el infinito. “La Grono”, como la llamábamos, era todo un continente por descubrir que, a la emoción de los acelerados latidos, se le sumaba el misterio por atravesar un nuevo continente. Una zanja era un río y los charcos después de una lluvia, mares que cruzaba con mis atrevidas botas de goma. La cruza, aún hoy, el tren del ferrocarril Urquiza, con la magia que el tren desparrama en las fantasías, no solo de niños. 

Ahí debo haber conocido a Juanito Laguna que, como yo, soñaba con el mar a orillas del zanjón, mucho tiempo antes que se hiciera canción, aunque ya era cuadro de Berni.

Nunca pude volar, quedó en una utopía, pero en el camino descubrí flores como la del mburucuyá, la pasionaria, los zorzales, jilgueros y cabecitas negras, escarabajos, lluvias bajo los árboles y muy especialmente descubrí que los colores son mucho más que siete, igual que con las notas del pentagrama. Fue cuando me di cuenta que las utopías marcarían mi destino para siempre, porque tras ellas estaba la vida de cada uno.

Esas utopías me llevaron a la magia de la tierra de La Rioja, tierra de caudillos, de la cual me había hablado tanto aquel querido profesor Blas Barisani, quien, hablando del Chacho o de Juan Alfonso Carrizo, me la hizo querer antes de conocerla.

Rescatar vivencias de mi propia historia es algo recurrente, y estimo que le pasa a la mayoría cuando aparece un estímulo, como en mí caso en las cercanías de la Vieja Estación, donde La Rioja se hace andenes en la memoria.

Y claro, ahí en Papagrande, esta vez es mi propia historia la que aparece en mis sueños, debe ser la magia de aquella mesa tomando mate con AM y recordando aquella utopía de la Ciudad de los Sueños de RQ, en que, rumbo a todos ellos, pudimos cumplir con la mayoría. Hoy esa utopía en plena pandemia, nos permitirá salir mejores y construir entre todos la mejor Rioja posible, somos Provincia, tenemos historia, y a un Gobernador que late con fuerza.

Me fui niño de aquel bosque y, hoy adulto, sigo cumpliendo sueños, porque la utopía peronista refiere a aquellos días felices, miré a la Luna arriba de la Vieja Estación y me fui convencido que podría volar si lo intentaba, AM me miró cuando me alejaba y estoy seguro que esa noche soñaría con la Luna de sus fotos, solo que en una Rioja mejor: La Rioja soñada.

2020 y lo recuerdo: “Nunca desconfíes de los sueños, solo se cumplen”, me dijo RQ en el 95. (Continuará)

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