Literatura – El realismo mágico de papagrande, la luna, una Quilmes y el tren

Por Hugo Doliani – Relato VI – La luna amarilla y gigante sobre la Vieja Estación humillaba cualquier postal, al fondo de la Rivadavia, se destacaba el brillo de la vereda de Papagrande, que completaba el paisaje en esa noche.

Era como una foto en la que solo no se escuchaba el murmullo de las charlas, pero sus parroquianos eran parte del paisaje. Mientras AM acompañaba a Pirula a entrar a su casa, que era como la trastienda del lugar. Agustín luchaba preparando una picada para 10 personas, que intentarían con cerveza, desafiar el calor de aquella noche caliente de verano que, en La Rioja siempre era un poco más.


Alejandro Zaffini, con Luis Planas y Lucho Contreras hablaban del pasado económico y político, que desembocaba en un presente que podría desnudar un futuro que había que transformar en positivo. Las ideas se entrecruzaban, podrían diferir, pero el objetivo de ser mejores no cambiaba. Se sumaba Domingo con ideas nuevas, pero que había que implementar desde la política, o fracasarían cada vez que la política pasaba a segundo plano, para dar paso a objetivos de acumulación.


En el mesón, algunos de los ex-presos políticos de la Casa de la Memoria, Jorge, el Negro y Chingolo, le ponían valores a la lucha a jóvenes de la JP, o de la JQ, que eran lo mismo desde la ideología y sus recuerdos. Se le daba valor al Nunca Más, devaluado en la era neoliberal macrista.


Gaby Pedrali aportaba también sus recuerdos de las viejas campañas, cuando le hicimos ganar la gobernación al Didí y el quintelismo se transformaba en un brazo fundamental del peronismo en La Rioja, que luego se diluiría un poco con el neoliberalismo aquél.


En eso AM reaparece con su apéndice en el oído, es decir, el eterno celular y una charla que no alcanzábamos a escuchar. Claro, apareció el que siempre se las sabía todas, que no voy a nombrar y exclamó su primicia: el consabido “Está hablando con el Gitano”…

Las sonrisas socarronas, al ver que RQ estacionaba su camioneta sin hablar por teléfono, hizo que el sabihondo reculara como perro que volteó la olla y desapareció. Una risa estridente lo despidió mientras RQ saludaba a quienes tocaban su bocina al verlo.


En esa época estábamos en el llano, se discutía la candidatura a una diputación provincial, pero como una versión del realismo mágico, todo era mucho más de lo que realmente era. Algunos le decían “Un sentimiento”, otros “una pasión”, pero todos sentíamos el poder que, sin estar en él, era como un aura que se desprendía de RQ.


Al pasar por el mesón, luego de los consabidos abrazos y besos Q, Ricardo pasó junto a los jóvenes y escucho como al pasar: “A éstos los corremos con la foto de Perón…”


RQ se puso serio, y eso significaba un silencio para esperar su reto, o su reflexión, porque decía las cosas para convencer, para persuadir. “No se equivoquen -expresó-, no es la foto, ni la imagen, ni siquiera el discurso lo que importa, con eso, sin los valores fundamentales, sin la ideología que iguale oportunidades, que cambie el sentido de la distribución, sin poner en valor el Trabajo, la Salud y la Educación, volveremos a equivocarnos, para ser peronistas hay que practicarlo, hay que ponerlo en movimiento, no decirlo ni llenar discursos que no se puedan cumplir. Tenemos que poner adelante la esperanza de ser mejores con todos y entre todos, o no seremos creíbles ¿Se entiende?”. Y sí, se entendió, y enseguida el mismo distendió la charla. “Bueno, entre todos pensemos que es lo que hay que hacer para que la gente viva un poco mejor cada día”, dijo dirigiéndose a la barra, donde habló con AM sin que el sabihondo se animara a decir de qué hablaban. Igual, su desentendimiento del tema causo una risa general y la mirada cómplice de los que lo conocían.


La Luna se había corrido de la postal, blanca y más pequeña igual iluminaba la nochecita. No quedaba casi nadie y cuando me fui, saludé al Cura que estaba en la Camioneta abrazado a su Quilmes, le golpeé el vidro, pero dormía. En fin, era una forma de no discutir y la magia de esa noche me llevó al humo del tren, qué desde mi Villa del Parque natal, se me cruzaba en un sueño. Y bueno, el realismo mágico de PG flotaba por esas horas, allá en la Vieja Estación.

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